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jueves, 24 de mayo de 2012

PROCESO AL LIBERALISMO ARGENTINO (I)



FIDELIDAD HISTORICA DE LA REVOLUCION DE MAYO


La falsificación de la historia que entre nosotros consumaron los liberales tiene su punto de arranque en los acontecimientos de Mayo de 1810. Esto es muy grave; pues, para que los argen­tinos sepamos qué somos, qué queremos y a dónde vamos, es previo sopesar y medir con espíritu ecuánime los pasos iniciales de la na­cionalidad. Solamente así podremos verificar, que lejos de la inter­pretación corriente, no somos una parte indiferenciada de la histo­ria del liberalismo en el mundo sino una parte integrante, pero libre y soberana, de la historia hispánica en América.
De España y del catolicismo nos vienen las esencias que confi­guran nuestra personalidad nacional; también de esas fuentes espi­rituales v morales provienen los impulsos que nos llevaron insensible­mente a una emancipación política que no estaba en los planes ini­ciales de la revolución. A la mentira grande de que las ideas libe­rales habían forjado una conciencia independentista y antiespañola, oponemos los documentos y la constante ratificación de una fideli­dad que no fue desmentida por aquellos primeros actos en que se manifestó nuestravocación de autonomía.
El eje de la interpretación liberal de Mayo de 1810 —eso que suele denominarse “el dogma de Mayo”—, es la figura de don Ma­riano Moreno. Él tenía conformada en su mente, según sus panegi­ristas, la imagen de la patria libre, regida por los grandes principios del liberalismo. Su formación mental le habría permitido captar las sustancias animadoras del sistema liberal, merced al canónigo doctor Matías Terrazas, que le proporcionó, durante el período de sus estudios universitarios en Charcas, las obras de los filósofos enciclope­distas y de la Ilustración, que estaban prohibidas por la censura eclesiástica. Armado con estas teorías de contrabando y como si respondiera a unplan prefijado, vino a nosotros y se transformó en “el numen de la Revolución”.
Todo esto es leyenda romántica o interesado propósito de darle a los acontecimientos de 1810 una filiación que de ninguna manera tuvieron. Moreno no se salió de la línea del pensamiento fiel a la monarquía española y conservó intacto el depósito de las doctrinas cristianas, como fundamentos ambos de nuestra indisoluble perso­nalidad. No tuvo con anterioridad a Mayo de 1810, el menor plan o propósito de independencia y ni siquiera participó de la trama secreta que provocó aquellas agitaciones. En la biografía hecha por su hermano Manuel, se dice: “Sería una injusticia creer que el doctor Moreno tomó parte activa en la Revolución de su país, sin un examen serio de las causas que la producían… jamás intentó inquietar su espíritu [de sus conciudadanos] o promover la rebelión… Muchas horas hacía estaba nombrado Secretario de la nueva Junta, y aún estaba totalmente ignorante de ello…”. Esta referencia insospe­chable hecha por el suelo la tesis del liberalismo.
Pero resulta, además, que Moreno no asistió sino a la reunión de vecinos realizada en el Cabildo el día 22. Se- anotaron allí 224 presentes, quienes, por el voto de 155 de ellos, declararon: “En la imposibilidad de conciliar la tranquilidad pública con la permanen­cia del Virrey y del régimen establecido [el Virrey era el teniente general Baltasar Hidalgo de Cisneros, nombrado por la Junta de Cádiz, que se desempeñaba en el cargo desde el 30 de julio de 1809], se faculta al Cabildo para que constituya una Junta del modo más conveniente a las ideas generales del pueblo y a las circunstancias actuales, en la que se depositará la autoridad hasta la reunión de los diputados de las demás ciudades y villas”. ¿Qué hizo Moreno en esa asamblea a la que los liberales consideran el embrión de la empresa emancipadora? Emitió su voto limitándose a decir que “reproducía en todas sus partes el dictamen de don Martín Rodríguez”. Quedó luego acurrucado y caviloso, lo que movió al doctor don Vicente López y Planes a acercársele, expresándole que todo había salido muy bien. Moreno le contestó: “No, amigo: yo he votado con uste­des por la insistencia y majadería de Martin Rodríguez, pero tenía mis sospechas de que el Cabildo podía traicionarnos; y ahora le digo a Usted que estamos traicionados. Acabo de saberlo, y si no n prevenimos, los godos nos van á ahorcar antes de poco…”. No ha de referirse -a este deslucido papel, sin duda, el doctor Ricardo Rojas, cuando dice que “su pensamiento pone un móvil cívico en el valeroso pecho de los ciudadanos, y un lampo de ideal en los aceros de los combatientes” . Palabras y frases huecas de las que rebalsa la historia al uso de los liberales.
El día 23, en una reunión subrepticia, los elementos peninsula­res nombraron una Junta provisoria presidida por el Virrey; la inte­graban el presbítero doctor Juan Nepomuceno Sola, el doctor Castelli, el coronel Saavedra y el comerciante don José Santos Inchaurregui. Las reacciones que esto provocó obligaron a la renuncia de los cita­dos, derivándose así a la asamblea de Cabildo Abierto del 25 de Mayo. 
En contra de lo que dicen ciertas crónicas, el pueblo tuvo mínima participación en estos sucesos; todo se amañó en el cuartel de Patri­cios. Un alférez de ese cuerpo, don Nicolás Pombo de Otero, redactó la nota que se presentó al Cabildo, a la que agregó de su letra firmas falsificadas y otras repetidas para dar impresión de que las demandas en ella contenidas contaban con mayor concurso de voluntades. De estas artimañas surgió la Junta Provisoria Gubernativa —llamada Pri­mera Junta—, compuesta por el coronel Cornelio Saavedra como presidente, vocales el doctor Juan José Castelli, el licenciado Manuel Belgrano, el brigadier Miguel de Azcuénaga, el presbítero doctor Manuel Alberti, don Domingo Matheu y don Juan Larrea, y secre­tarios los doctores Juan José Paso y Mariano Moreno. Los vocales Matheu y Larrea eran nativos de España. Conforme se ve, por lo tanto, la influencia poderosa, hasta estos momentos, era la del coronel de Patricios, Saavedra; Moreno, por el contrario, ignoraba inclusive su designación.
La Junta se instaló el mismo día 25 de Mayo; en ese acto que­daron ratificados los sentimientos de lealtad que animaban a sus miembros sin excepción alguna. Pues el Acta de instalación consigna que, “hincados de rodillas, y poniendo la mano derecha sobre los Santos Evangelios, prestaron juramento de desempeñar lealmente el cargo, conservar íntegra esta parte de América a nuestro augusto Soberano el Sr. Fernando VII y sus legítimos .sucesores, y guardar puntualmente las leyes del Reyno”. ¿Dónde está, pues, el ánimo insurreccional? No ha de encontrársele en la Proclama al país, lan­zada al día siguiente, pues-en ella se dice: “Un deseo eficaz, un celo activo y una contracción viva y asidua a proveer por todos los medios posibles la conservación de nuestra Religión Santa, la observancia de las leyes que nos rigen, la común posteridad y el sostén de esas Posesiones en la más constante fidelidad y adhesión a nuestro amado Rey y Señor Don Fernando VII y sus legítimos sucesores de la corona de España, ¿no son éstos vuestros sentimientos? Esos mismos son los grandes objetos de nuestros conatos”.
Esta era también la opinión de Mariano Moreno. Son numerosos los testimonios escritos que dejó de su verdadero pensamiento. En el primer aspecto, si bien asimiló las teorías de los enciclopedistas franceses y reeditó juna edición española anterior del Contrato Social de Rousseau, lo hizo con las debidas reservas, al punto de haberlo expurgado de aquellos pasajes en que él autor “tuvo la desgracia de delirar en materias religiosas”, según declara en el prólogo4.
En el otro y fundamental aspecto, en el que tanto se ha con­fundido y adulterado la personalidad de Mariano Moreno, recuér­dese su opinión en oportunidad de haberse publicado las cartas de la princesa Carlota Joaquina de Borbón, Infanta de España y her­mana de Fernando VII, y del ministro español en Río de Janeiro, marqués de Casa Irujo, sobre ayuda prestada al gobernador de Mon­tevideo, don Gaspar Vigodet, durante el sitio de la plaza por los patriotas. Moreno reprodujo dichos documentos en la “Gaceta”, con el siguiente comentario: “La señora Infanta, que nada puede desear sino que los pueblos de América se conserven bajo la domi­nación del rey don Fernando, no se había de manifestar indiferente a las solemnes protestaciones de fidelidad a nuestro monarca, que repetimos diariamente como el alma de nuestra conducta política” 5Quienes pretenden que estas promesas eran puramente circunstanciales y engañosas, no le hacen favor a Mariano Moreno, y justifi­carían el juicio que por aquellos mismos días emitió la princesa, en carta a su secretario particular doctor José Presas, comentando las actitudes de Tos hombres de Buenos Aires. “Hay bonitas cosas en ellos —le decía—, y siempre denotan un espíritu de partido, con buena capa; pero mis débiles conocimientos, la cosa bien meditada, lleva otras vistas y mui siniestras…” .
Las tendencias secretas que ya por entonces accionaban debajo de los movimientos visibles, se fueron concentrando alrededor de la figura de Mariano Moreno, cambiando totalmente las inclinaciones naturales que adornaban a su persona. En sus artículos de la “Gaceta” y en sus páginas doctrinarias, el secretario de la Junta aparecía como el campeón de los derechos de los pueblos, con firme adopción de los principios autonómicos, democráticos y liberales. Fue él quien redactó y firmó la Circular a los Cabildos para que designaran, entre “la parte principal y más sana del Vecindario”, diputados a quienes correspondería, reunidos en común, “establecer la forma de gobierno que se considere más conveniente”. Esto constituyó una de las primeras decisiones de la autoridad provisoria establecida por el Cabildo de Buenos Aires.
Pero, encima mismo de esta justa determinación, Moreno patrocinó el envío de expediciones militares al interior) con lo que tuvo suprimera manifestación el espíritu centralista porteño, que malogró por muchos años los bienes que pudo deparar la apropiada armoni­zación de los sentimientos e intereses de los pueblos. Castelli fue quien llevo, a sangre y fuego, esa bandera de imposición y exterminio.
Su conducta suscitó graves convulsiones y dejó en las provincias un fermento de anarquía y de odio que dominó los ánimos durante largo tiempo. La autoridad delegada de la Tunta “fue concentrada —según el secretario de Belgrano, don Tomás Manuel de Anchorena—en el abogado doctor Castelli, que con su inmoralidad y la de otros que acompañaban, como don Juan Martín de Pueyrredón, puso en la mayor confusión todas las provincias del interior…” . Concepto este que había trascendido a la propia Buenos Aires, desde donde el deán Funes escribía: “Castelli se maneja como un libertino. Está sumamente desacreditado” . De esto se habla en el capítulo sobre El terrorismo de los civilizadores, de manera que aquí únicamente nos interesa puntualizar la peligrosa evolución operada en las ideas de Mariano Moreno y en lo que constituyó su partido jacobino y liberal.
Para demostrar el liberalismo de Moreno, sus biógrafos hacen hincapié en su decidida actuación en favor del “comercio libre”, en 1809,mediante su “Representación de los hacendados”, omiten aclarar que es éste un alegato jurídico, de bufete abogaderil, trazado en representación “de los hacendados de las campañas del Río Plata”, pero realmente destinado a favorecer “un franco comercio con la nación inglesa”. Con dicho documento Moreno quería beneficiar a los intereses portuarios, pues el comercio libre interesaba al litoral, que poseía lanas, cueros, tasajo, cebo y otros productos de exportación. La intención no tenía nada de liberal, por lo tanto, y no resiste replicas como la formulada por Alberdi: “Dejando en manos de Buenos Aires y para su provecho exclusivo todo el producto de su contribución de aduana, los argentinos vienen a ser tributarios” de la provincia de Buenos Aires”
La gravitación que se atribuye a Mariano Moreno en la aper­tura, del comercio del Río de la Plata, es otra falacia de los liberales. Moreno no tuvo parte alguna en lo resuelto, como que su escrito profesional fue agregado al expediente respectivo cuando ya se habían pronunciado los órganos a los que correspondía intervenir. En efecto; la “Representación” lleva fecha del 30 de setiembre de 1809; su pu­blicación se hizo en junio de 1810, con posterioridad a la constitución de la Junta. En el legajo sobre libertad de comercio, al incorporarse el escrito mencionado, ya había opinión del virrey (20 de agosto de 1809), dictamen coincidente del secretario del Real Consulado, doc­tor Manuel Belgrano (6 de setiembre), y resolución favorable del Cabildo (12 de setiembre). ¿Cuál es, pues, el mérito de Mariano Moreno y cuáles las tesis novedosas que aportó a la discusión de una materia que ya contaba con el consenso general de las opiniones?
Con la “Representación de lo hacendados” Mariano Moreno se definió en favor de los intereses mercantiles de la burguesía porteña; esta línea habría de afirmarla en oportunidad de la controversia abierta alrededor de la representación de los Cabildos de las otras villas y ciudades. Sus diputados, electos de conformidad a la Circular de la Junta de Mayo, fueron e arribando a la metrópolis para incorporarse a la Junta “como vocales”. A tenor de lo que prescribía aquella comunicación. En el mes de setiembre ya se hallaban en la ciudad el deán Gregorio Funes, de Córdoba, el presbítero Dr. Juan Ignacio Gorriti, de Jujuy; don José Simón García de Cossio, de Corrientes; el presbítero Juan José Lamí, de Santiago del Estero, y algunos otros representantes del interior, hasta completar el número de nueve. Apenas llegados a la capital se encontraron con el clima adverso del Cabildo de Buenos Aires de algunos miembros de la propia junta, cuyo secretario Moreno sostenía ahora que diachos representantes debían esperar la celebración de un Congreso al que se le asignaban vagas atribuciones organizativas. Moreno escribía en la “Gaceta” justamente en el dicho mes de setiembre: “El pueblo de Buenos Aires no quiso usurpar a la más pequeña aldea la parte que debía tener en la erección del nuevo gobierno… y, establecien­do la Primera Junta, le impuso la calidad de provisoria, limitando su duración hasta la celebración del Congreso y encomendando a éste la instalación de un gobierno firme, para que fuese obra de todos lo que tocaba a todos igualmente…” .
Fue entonces cuando el deán Funes encabezó un movimiento que provocó la reunión en común de la Junta —en total nueve miem­bros— y los diputados del interior —también nueve en total—, el 18 de diciembre de 1810. Expresa el acta de la reunión que uno de los diputados “tomando la voz por todos los demás, dijo: Que los diputados se hallaban precisados” a reclamar el derecho que les competía, pues la Capital no tenia títulos legítimos para elegir por sí sola gobernantes a que las demás ciudades deban obedecer…”. Uno de los vocales de la Junta replico, respecto al derecho invocado, que “no consideraba ninguno en los diputados pura incorporarse a la Junta, pues siendo el fin de su convocación la celebración de un Congreso nacional, hasta la apertura de éste no pueden empezar las funciones de los representantes; que su carácter era inconciliable con el de los individuos de un gobierno provisorio y que el fin de éste debía ser el principio del gobierno de aquéllos…” El secretario Paso se expidió en el mismo sentido y el otro secretario, Moreno, manifestó “que consideraba la incorporación contraria a contraria a derecho y al bien general del Estado”, aunque favorecía el propósito de que los diputados se reunieran en Congreso y proveyeran a la constitu­ción del país. El criterio de la mayoría favoreció el punto de vista de los representantes del interior y así quedó constituida la llamada Junta Grande. Años más tarde, el hermano de .Mariano Moreno comentaría: “Los amigos del Presidente sedujeron a los Diputados de las provincias para que pidiesen parte en el gobierno ejecutivo…”
Los azares que posteriormente acaecieron con la junta-Grande, el Triunvirato y los violentos atropellos del señor Rivadavia, no mo­difican la importancia del gesto de los diputados de provincia, qué encabezados por el deán Funes plantaron la primera bandera fede­ralista y de resistencia al despotismo de Buenos Aires. En cuanto a la personalidad dé Saavedra, y del papel que jugó en estos tras­cendentales sucesos, ya se sabe que el liberalismo ha querido oscure­cerla y denigrarla, tan sólo porque no sirvió a los planes de la bur­guesía mercantil apoderada de las llaves del puerto y la aduana. Vicente Fidel López reconoce que, “por su posición personal, por su familia y por ser, además, coronel de Patricios, tenía un partido bastante fuerte entre las milicias y las gentes de los suburbios”. El deán Funes, por su parte, comentaba: “Se ha aumentado mucho el clamor del pueblo porque los diputados tomen parte del gobierno- La cosa esta en vísperas de salir a luz…Moreno sé ha hecho muy aborrecido y Saavedra está más querido del pueblo que nunca” .
Esta era la situación en aquellos momentos. Sin embargo, pasa­dos los años, los historiadores al servicio del porteñísimo liberal, con Mitre a la cabeza, darán una interpretación deformada de estos episo­dios y resultará que Saavedra es un reaccionario y Moreno elcaudillo popular. Mitre abominará de la postura adoptada por los diputados del interior y llegará a decir: “Esta tendencia dio origen a la dislo­cación del gobierno central. Todos los diputados querían tomar parte en él y la tomaron en representación de sus provincias, creando así una autoridad de pensamiento, con intereses y propósitos divergen­tes”. fara el liberalismo, aliado del porteñismo y el unitarismo, la única fuente de unidad es la metrópoli, el puerto de Buenos Aires, aprovechando en su beneficio exclusivo (de “gobierno central”) las rentas de aduana que constituyen el haber de toda la Nación.
 La exaltación de Mariano Moreno se hizo en virtud de haberse puesto al servicio de esta mala causa. Escribía Moreno en la “Gaceta”: “Estaba reservado a la gran capital de Buenos Aires dar una lección de justicia, que no alcanzó la Península en los momentos de sus ma­yores glorias; y este ejemplo de moderación, al paso que confunda a nuestros enemigos, debe inspirar a los pueblos hermanos la más pro­funda confianza en esta ciudad, que miró siempre con horror la con­ducta de esas capitales hipócritas, que declararon guerra a los tiranos, para ocupar la tiranía que debía quedar vacante con su extermi­nio…”17. Equívocas palabras destinadas a afirmar ante los pueblos la primogenitura de “la gran capital de Buenos Aires”; pero ¿por que habían de admitirlo las otras ciudades, dignas de igual confianza e idénticamente capacitadas para impartir su “lección de justicia”?
Son estas ideas, sin embargo, las que fabricaron la consagración póstuma de Mariano Moreno, de cuyas aptitudes personales lo menos que puede decirse es que no alcanzó a desarrollarlas en los seis meses de su combatida actuación en la Primera Junta. Su gloria más repetida es la de haber impulsado la idea de una publicación propia de la Junta, que no fue otra que la “Gaceta de Buenos Aires”, cuya primera edición apareció el 7 de junio de 1810. ¿Por qué la “Gaceta” del gobierno central de las Provincias Unidas redujo su alcance a los límites de uno cualquiera de los Cabildos del antiguo Virreinato del Río de la Plata? Esta es otra prueba del servilismo “morenista” a los intereses visibles e invisibles del partido porteño. 
Es aquí donde debemos radicar el origen de las muchas y descomunales alabanzas. Son esos mismos sectores los que se volvieron contra el coronel Saavedra, haciéndolo objeto de algunos chismes sobre honores y brin-(lis que alimentan la literatura cursi del pedagogo “oficial”. La in­vestigación sin prejuicios desectaofrece una visión muy distinta de las cosas. Mariano Moreno, porteño, se constituyó en el abanderado de un círculo cerrado y terrorista; frente a él se levantó un movimiento popular que encontró su intérprete y conductor en Saavedra1 criollo de Potosí. El Presidente de la Junta no compartía los rígidos métodos extremistas y sanguinarios del secretario. Cuando se trató, por ejem­plo, la situación de los capitulares del Cabildo metropolitano que habían reconocido secretamente al Consejo de Regencia de Cádiz, Moreno propuso se los decapitara. Saavedra comenta: “Yo que cono­cía el influjo de este individuo y partido que ya tenía, horrorizán­dome de los fatales resultados que podrían originarse por la muerte de diez individuos relacionados y emparentados con parte muy con­siderable de la sociedad, tomé la palabra y dirigiéndome con entereza a Moreno, le dije: “Eso sí, doctor, eche Vd. y trate de derramar san­gre; pero esté Vd. cierto que si esto se acuerda no se hará. Yo tengo el mando de las armas y para tan perjudicial ejecución protesto desde ahora no prestar auxilio. Los demás señores vocales, en efecto, no opinaron en su votación como había indicado aquél, y el delito de los capitulares se castigó con las penas y multas pecuniarias que todos saben” . Esto es lo que los liberales no pueden perdonarle a Saavedra; su animadversión al terrorismo, su sentido nacional de los problemas y la adhesión popular que despertaba su persona. Contra esto se lanzó la torpe calumnia de que Saavedra actuaba movido su colonialismo y espíritu conservador. Voces ilustres le salieron al paso a esta infamia. “¿Qué quería Saavedra? —pregunta Alber­di— Que el gobierno argentino fuese la obra de todas las provincias de la nación: ¡a eso llama Mitre, conservador!… El partido de Saavedra era él partido verdaderamente nacional, pues quería que la nación toda interviniese en su gobierno. “ 
La historia liberal, que es la única que poseemos y se enseña en las escuelas, más que una historia resulta un alegato. Se propuso defender su propia casa, consagrar las figuras de su capilla, encubrir las maldades y traiciones de sus parciales, enaltecer al círculo mer­cantil de la metrópoli y propagar cuanta idea resulte destructora de la nacionalidad. La propia figura del general Belgrano, que es una de las más puras de nuestra historia, ha sido achicada y empobre­cida. Mitre no juzga adecuada a la responsabilidad de la hora, la actuación del prócer en la Junta de Mayo. “No es hombre para apuros de revolución”, comenta.
¿Qué entendería el general Mitre por “revolución” en el seno de la Junta de Mayo? Lo que él real­mente quería era que los acontecimientos de 1810 apareciesen como la culminación de un largo proceso ideológico —de tinte liberal, por cierto— que debía derivar inexorablemente a la instalación de una República inspirada en talesprincipios. El general Belgrano escapa a este patrón (sostuvo, inclusive, la organización monárquica) y esto irrita a los epígonos del “mitrismo”; se desesperan cuando leen en la “Autobiografía” del patricio que, allá por 1807, Belgrano y el general inglés Crawford juzgaban que tardaría un siglo la indepen­dencia de los pueblos de América, pues no había señales evidentes de espíritu insurreccional. Agrega Belgrano: “Tales son los cálculos de los hombres; pasa un año y he ahí que, sin que nosotros hubié­semos trabajado para ser independientes, Dios mismo nos presenta la ocasión con los sucesos de 1808 en España y en Bayona…”. Al diablo, pues, todo el presupuesto ideológico construido por el liberalismo; la emancipación fue producto de circunstancias extrañas a nuestro medio y a las formas de pensamiento de que se decían portadoras las “clases dirigentes” de la metrópoli. “Siendo nuestra revolución obra de Dios —señala Belgrano—, El es quien la ha de llevar hasta su fin, manifestándonos que toda nuestra gratitud la debe­mos convertir a S. D. M. y de ningún modo a hombre alguno”  Estas reflexiones de uno de los actores más destacados de aquellos sucesos, dan por el suelo con las falsas argumentaciones de la escuela liberal; pero estamosforzados a rechazar el testimonio de los testigos directos de los hechos y a admitir a pie juntillas el de los falsificadores que vinieron después, si no queremos Caer en pecado de leso libera­lismo, que en nuestro país se paga con los más terribles anatemas. ¡Vaya farsa la que montaron estos liberales!
Constituida, según dijimos, la Junta Grande el 18 de diciembre, Moreno se vio precisado a presentar la renuncia, ésta le fue aceptada —según el acta de la sesión— en virtud de no “ser provechosa al público la continuación de un magistrado desacreditado”. Pero la propia Junta, en homenaje a los sentimientos de unidad y conci­liación que la animaban le encomendó una misión en Europa, dotándole de 20 pesos fuertes para los gastos. Moreno y los dos secretarios que le fueron asignados, don Tomás Guido y don Manuel Moreno, se embarcaron en la goleta inglesa “Misletal”, el 24 de enero de 1811, transbordando al día siguiente, en la Ensenada, al buque “La Fama”. A bordo de éste murió Mariano Moreno, en alta mar, el 4 de marzo de 1811, siendo su cadáver arrojado a las aguas envuelto en la bandera inglesa.
La Junta Grande mientras tanto, emitió el decreto del 10 de febrero, que constituye un nuevo paso en el camino de dar sentido I orgánico a la revolución, pues “la Junta siempre ha estado persua­dida que el mejor fruto de esta revolución debía consistir en Hacer” gustar a los pueblos las ventajas de un “gobierno popular”. Con tales miras, ordenaba la formación de Juntas Provinciales, en cada una de « las cuales “residirá in solidum toda la autoridad del gobierno de la provincia”, estando destinadas a “velar incesantemente en la tradición de tranquilidad, seguridad y unión de los pueblos encargados a su cuidado, y en mantener y fomentar el entusiasmo a favor de la causa común” .
Así las cosas, la noche del 5 al 6 de abril de 1811 se produjo.— una-insurrección popular, capitaneada por el alcalde de barrio Grigeray el doctor Joaquín Campana, destinada —según lo procla­mó— a defender “la gran causa y sistema de gobierno que se sigue y debe abrazarse en lo sucesivo”. La rebelión reforzaba la autoridad del presidente Saavedra y confirmaba la línea popular que éste representaba. Contó el movimiento con la decidida adhesión del deán Funes y la cooperación de tres regimientos cívicos, encabezados por los generales Juan Ramón González Balcarce y Martín Rodríguez. En el manifiesto publicado en la “Gaceta”, se decía que los antecesores en el seno de la Junta (Moreno y su partido) habían querido imponer una “furiosa democracia desorganizada, sin consecuencia, sin forma, sin sistema ni moralidad, cuyo espíritu era amenazar nuestra seguridad en el seno mismo de la patria v escalar esa libertad que buscamos a costa de tantos sacrificios” 
El “motín”, como le llaman los historiadores liberales, influyó en el ánimo de los miembros de la Junta, que realizaron algunos cambios v apresuraron los trabajos para la elección de diputados de los Cabildos a objeto de “dar principio al Congreso Nacional a fines de noviembre del presente año”.
Al conocerse la noticia del desastre de Guaqui (20 de junio) el grupo liberal consideró que era llegada la hora de la revancha. Eran sus directores el coronel doctor Antonio Feliciano Chiclana, don Manuel de Sarratea, el doctor Juan José Paso, el doctor José Julián Pérez y el señor Bernardino Rivadavia. Basta enunciar estos nombres para que se adivine cuál será el enjuiciamiento que harán de los hechos los historiadores liberales. Lo ya sabido: frente al partido bárbaro de Saavedra aparece el partido del orden y civili­zación,continuador de lalínea liberal del “morenismo”. Se dirá, inclu­sive”, que estos hombres eran portadores de la democracia.
Pues bien, la “furiosa democracia” de estos señores consistió en alentar tumultos públicos por la derrota que habían sufrido lasarmas de la patriay luego, el 23 de setiembre, por medio de una “pueblada”, lograron imponer un cambio radical de gobierno y laconcentración de la autoridaden manos de los tres primeramente nombrados (Chiclana, Sarratea y Paso), secundados por tres secre­tarios que lo fueron los dos últimos. (Pérez y Rivadavia) y el doctor Vicente López y Planes.^ Así surgió el primer Triunvirato haciendo mérito —según el Acuerdo adoptado— de “la celeridad y energía con que deben girar los negocios de la patria, y las trabas que ofrecen al efecto la multitud de los vocales por la variedad de opiniones que frecuentemente se experimentan”. No obstante esta clara alusión al disgusto que ocasionaba la voz de las provincias, se convino que la llamada Junta Grande permaneciera como Corporación o Junta Con­ servadora, formada por “los diputados de los pueblos y provincias”, aunque sin concretarse sus atribuciones y finalidad.
La Junta Conservadora fue subalternizada desde el primer mo­mento, determinando la protesta de uno de sus miembros, el pres­bítero Gorriti, que presentó una  Memoria en la que defendía el derecho igual de todos los pueblos. “Hemos proclamado la igualdad de derechos de todos los pueblos —escribía— y está en oposición con nuestros principios un orden que exalta a unos y deprime a los más. Es injusto porque se falta en el punto más esencial a los pactos con que todas las ciudades se unieron a este Gobierno. La sola idea de esta desigualdad las habría alarmado si hubieran estado capaces de concebir que la libertad que se les ofrecía iba a tener tal ter­minación …” . Trató la Junta de preservar sus fueros poniendo un dique a los desbordes del autoritarismo ejecutivo. Pero el señor Rivadavia, como buen demócrata-liberal, no admitía cortapisas ni fre­nos a su despotismo, y arrasó con la Corporación, dándole un plazo de horas a sus miembros para abandonar el territorio de Buenos Aires. Puede decirse que con estos actos se inauguró en el país la democracia de los liberales, no siempre tan benévola como en este caso, pues habitualmente sus operaciones de limpieza comienzan por las cabezas de sus adversarios.
Con estos hechos queda liquidada la fracción “morenista”, a la que reemplaza la “rivadaviana”; el cordón umbilical que une ambos movimientos no es otro que el terrorismo, método propio del sistema liberal, que unos y otros practicaron. La pretendida oposición entre Moreno y Rivadavia no pasa de ser un cálculo basado en tontas pre­sunciones; ambos sirvieron a los intereses de Buenos Aires, al centra­lismo portuario, a la oligarquía mercantil, a los ávidos comerciantes ingleses y al más furioso autoritarismo. La muerte de Mariano Moreno, jefe consagrado de la fracción dictatorial, promovió el advenimiento de Bernardino Rivadavia; pero estos son matices, nombres apenas, de esa sustancia anti histórica y antinacional que se llama liberalismo.
Con el Triunvirato y lo acaecido a la Junta Conservadora se cierra lo que podríamos considerar etapa inicial de nuestra vida, principiada en Mayo de 1810. Los elementos que han de jugar a lo largo de toda nuestra historia, aparecen claramente identificados. Ya puede intentarse, por lo tanto, una valoración de los sentimien­tos que surgieron y chocaron en aquel magno episodio. En él está la partida de nacimiento de nuestra vida independiente; cualquier adulteración que pretenda introducírsele, constituye un delito que, al deformar los orígenes, perturba o desvía la interpretación cabal del destino históricoque como pueblo y Nación nos pertenece.
La historia “oficial” comete este delito al presentar los sucesos de Mayo de 1810 como una explosión del espíritu liberal americano contra el absolutismo peninsular. La exposición que dejamos hecha, demuestra la estulticia de este enfoque; pues resulta evidente lafi­delidad que el pueblo y los principales actores guardaron hacia los símbolos y las esencias que lo católico y lo hispánico habían in­corporado a nuestra vida. Puede afirmarse que ni siquiera los elementos liberales produjeron un documento o un hecho público que indicara su posición insurreccional frente a aquellas sustancias fundadoras; su conspiración se fue haciendo en la sombra de las logias y a base de proclamas que disimulaban la íntima perversidad de sus doctrinas. Esto mismo no fue sino artimaña y malicia de pequeños grupos que se lla­maban a sí mismos “ilustrados”; el pueblo no se desvió jamás del rumbo tradicional y conservó intactas las herencias recibidas.
El partido “morenista” y el “rivadaviano”, con toda la secuela de sus principios unitarios, porteñistas y de despotismo ilustrado, intentaron torcer la recta marcha de los acontecimientos. Confun­dieron, inclusive, su significado y les dieron un aire sectario a las celebraciones consiguientes. Contra estas tendencias defraudadoras insurgió Rosas y las huestes populares que lo respaldaban. El 25 de Mayo de 1810 recuperó su prístino sentido: de eslabón en la gloriosa cadena de una historia que no se inicia entonces ni puede repudiar el acervo de grandeza que recibió, por vía de la conquista española, en las tres flechas de una religión, una cultura y una lengua inmortales.
La misma historia liberal que .acusó a Saavedra de “colonialismo”, no podía dejar de hacerlo con el Restaurador de la las leyes. Para los liberales que con espíritu avieso quieren destruir la línea de nuestra continuidad histórica, todo lo que permanece fiel escolonialismo.Sería interesante establecer en qué proporción la lealtad a los principios tradicionales puede calificarse de “colonial” y en qué medida resulta que no lo es el servilismo a un sistema de ideas e intereses bastardos que tiene a Inglaterra por promotora y destinataria.
La conmemoración del 25 de Mayo realizada por Rosas, en 1836, dio lugar a una ceremonia de muy tocantes proporciones. Se efectuó en el Fuerte, en presencia del cuerpo diplomático, autori­dades v sociedad porteña. En su discurso, dijo el general Rosas: “¡Qué grande, señores, y qué plausible debe ser para todo argentino este día, consagrado por la Nación para festejar el primer acto de soberanía popular que ejerció este gran pueblo en mayo del célebre año mil ochocientos diez! ¡Y cuán glorioso es para los hijos de Bue­nos Aires haber sido los primeros en levantar la voz con un orden y una dignidad sin ejemplo! No para sublevarnos contra las autori­dades legítimamente constituidas, sino para suplir la falta de las que, acéfala la Nación, habían caducado de hecho y de derecho. No para rebelarnos contra nuestro Soberano, sino para preservarle la posesión-de su autoridad, de que había sido despojado por un acto de perfidia. No para romper los vínculos que nos ligaban a los es­pañoles, sino para fortalecerlos más por el amor y la gratitud, po­niéndonos en disposición de auxiliarlos con mejor éxito en sus des­gracias. No para introducir la anarquía, sino para preservarnos de ella v no ser arrastrados al abismo de males, en que se hallaba sumida la España”.
 Luego de señalar que estos fueron los grandes y plausibles objetos del memorable Cabildo Abierto, recordó la fal­ta de comprensión que hubo por parte de la España liberal de los Borbones, restablecida en el más duro absolutismo, por cuyos personeros fuimos “hostigados y perseguidos de muerte”, hasta que —agregó— “cansados de sufrir males sobre males, sin esperanzas de ver el fin, y profundamente conmovidos del triste espectáculo que presentaba esta tierra de bendición, anegados en nuestra sangre ino­cente con ferocidad indecible por quienes debían economizarla más que la suya propia, nos pusimos en las manos de la Divina Providencia, v confiando en su infinita bondad y justicia, tomamos el único camino que nos quedaba para salvarnos: nos declaramos libres e independientes de los Reyes de España, y de toda otra dominación extranjera”. Ter­minó “renovando aquellos nobles sentimientos de orden, lealtad y fidelidad que hacen nuestra gloria, para ejercerlos con valor heroico en sostén y defensa.de la Causa Nacional de la Federación, que ha pro­clamado la República”
Esta versión de los acontecimientos de 1810 y del difícil período que les sucedió hasta la declaración de la independencia en 1816, es a todas luces la correcta y ajustada a los hechos históricos; pero desvirtúa elmito liberal de un espíritu insurgente, forjado por las luces de la ilustración y el progresismo, que se rebeló contra una España caduca, oscurantista y despótica, de acuerdo a un plan pre­viamente trazado en las cámaras herméticas del liberalismo. El 25 de Mayo de 1810 confirma la filiación histórica ya adquirida por nuestro pueblo. Es un acto defidelidad entrañable a los grandes valores que nutren nuestra tradición, animan nuestra historia y le dan grandeza e imperio a nuestro espíritu. 
La Nación Argentina nació para el cum­plimiento de un alto mandato histórico; todo cuanto hicieron y hacen los liberales por impedirlo, se frustró —¡Dios sea loado!— porque el pueblo permanece fiel a la verdad natural de sus orígenes y son de orden sobrenatural sus más sublimes inspiraciones.
ATILIO GARCÍA MELLID, Proceso al liberalismo argentino, Bs As, 1957.


jueves, 15 de septiembre de 2011

LA DEFECCION DE URQUIZA TORCIO EL RUMBO DE LA HISTORIA


El general Justo José de Urquiza era, hasta 1863, una de las figuras más enigmáticas y contradictorias de la historia nacional argentina. 
A partir de esa fecha, lo incógnito y confuso de su conducta empezó a proyectase sobre el panorama continental, suscitando esperanzas fallidas, apasionadas controversias y una reacción tan impetuosa que desembocó en la tragedia de 1870. “
Urquiza fue asesinado en su palacio de San José porque lo creían vendido a los porteños”, escribió Antonio Sagarna (1). 
Lo porteño era la negación de todo cuanto los provincianos querían en función de los verdaderos intereses nacionales. 
Urquiza no tuvo nunca sentimientos sinceros hacia el Paraguay. Se acercó o se alejó de su amistad según los cambiantes intereses que lo movían. 
Durante el largo período en que fue lugarteniente del general Rosas, debió someterse contra su voluntad a la consigna del gobernador de Buenos Aires, que había impuesto que “jamás las armas de la Confederación Argentina turbar- ían la paz del Paraguay”. Es de esta época que Urquiza le pedía a Madariaga, hiciera saber a López que “nuestro pacto no ataca al Paraguay, y que por el contrario nosotros y toda la Confederación estamos dispuestos y animados de la mejor voluntad para el territorio paraguayo (2).
La oscura trama que habría de permitir formalizar una poderosa conjuración de fuerzas, para llegar al derrocamiento de Rosas, le dio al Brasil la dirección de la política exterior del Río de La Plata, a la que Urquiza debió someterse. Vino así el reconocimiento de la independencia del Paraguay y el envío a Asunción de una misión a cargo del doctor Derqui. El doctor Vicente Fidel López, ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Urquiza, le encomendó al nombrado “informar minuciosamente sobre los hombres, ideas, tendencias, costumbres, circunstancias del comercio y las industrias, todo lo que permita formar un juicio exacto sobre el estado actual del Paraguay”. 
Derqui, en representación de la Confederación Argentina, y don Benito Varela, en carácter de ministro de Relaciones Exteriores del Exterior del Paraguay, concluyeron un tratado de navegación, comercio y límites, que fue firmado el 15 de julio de 1852 (3).

El convenio constituía el reconocimiento de hecho de la independencia paraguaya; dos días después –el 17 de julio– Urquiza procedía a formalizar este reconocimiento, cumpliendo una de las cláusulas de sus compromisos contraídos con el Imperio del Brasil. El tratado Derqui–Varela estipulaba en uno de sus artículos: “La Confederación concede a la República la libre navegación de su pabellón por el río Paraná y sus afluentes, otorgándole todas aquellas franquicias y ventajas que los gobiernos civilizados, unidos por tratados especiales de comercio, se conceden unos a otros; no detendrá ni impedirá, ni impondrá derechos sobre el curso de ninguna expedición mercantil, que tuviere por objeto pasar por el territorio fluvial o terrestre de la Confederación a puertos paraguayos, o de éstos a cualesquiera otros extranjeros, sin sujetarlos a fiscalizaciones, gabelas, rebuscas, desatamiento de bultos, etc., que a la vez que incomodan al comercio, lo aniquilan, alarmándolo y ahuyentándolo de frecuentar las vías más productivas” (4). 
Era una victoria del Brasil, que reclamaba de la Confederación se proclamara una franquicia que sañudamente negaba en sus ríos interiores. En su Mensaje al Congreso, decía el presiente López: “Con ese tratado se han obtenido los objetos todos de los constantes esfuerzos y gestiones que ha hecho el Gobierno Supremo en los diez años pasados” (5).
Pudo también decir que ambas partes contratantes, más que imitar a los “gobiernos civilizados”, se anticipan a ellos, pues ni Estados Unidos, ni Inglaterra, ni Francia, ni Brasil admitían el principio que allí se proclamaba. Corresponde, pues, reconocerle al Paraguay el título de honor de haberlo invariablemente sostenido, proclamándolo como derecho americano. Lo cierto es que ese convenio estaba destinado al fracaso, pues Urquiza se hallaba en otra cosa. 
 Más atento a los problemas de política interior que a las relaciones internacionales, el comandante de Caseros quería afianzar una victoria que Buenos Aires le discutía. Su posición era la de conquistar la alianza del Brasil, o la de integrar a Entre Ríos y Corrientes en una nacional separada, si aquel plan fracasara. Exponiendo este orden de ideas, le escribía al gobernador Pujol, de la provincia de Corrientes: “Por lo demás usted crea que he de ser el último nombre que desespere de la Confederación Argentina, obra ligada hoy a mi gloria y a mi nombre. 
Más cuando todos mis esfuerzos hayan fracasado y la nacionalidad que por tantos títulos debe sernos cara se disuelva, para no reunirse jamás, entonces me encontrará usted pronto para formar un cuerpo político, independiente, fuerte y compacto de las provincias de Entre Ríos y Corrientes” (6). Es interesante observar que estas ideas eran manejadas por Urquiza, Pujol, Derqui y tantos políticos argentinos, sin estímulo de parte del Paraguay, y sí caso del Brasil. Mientras tejían estas intrigas palaciegas, el tratado Derqui–Varela permanecía olvidado en las carpetas del Parlamento de la Confederación. Es que Urquiza, más que a la expansión pacífica del Paraguay, se proponía abrirle los ríos argentinos al Brasil, pr que le llevara la guerra al Paraguay. Así lo hizo a principios de 1855, prestándose al paso de la escuadra brasileña, que con fines guerreros marchaba hacia Asunción.
El cónsul paraguayo en Paraná, que entonces era don Pedro Nolasco Decoud, tuvo al respecto una conversación particular con Urquiza, en la que éste le comentó que la escuadra brasileña partiría para el Paraguay y que el Imperio concentraba fuerzas en la frontera. Según el cónsul, Urquiza se mostró favorable a los actos del gobierno brasileño y no tradujo la menos simpatía con el Paraguay (7).
A Decoud lo suplantó en el consulado don Félix de Esgusquiza, quien fue aún más terminante; al ministro Falcón le informó que había la sospecha de que el general Urquiza tenía hecha una alianza secreta con el Brasil contra el Paraguay (8).

La prueba de que esto era así la dio el congreso de la Confederación al desaprobar, el 11 de diciembre de 1855, el tratado Dequi–Videla, por considerar que “perjudicaba los derechos territoriales de la Confederación”. El rechazo produjo sorpresa, dada la gravitación que Urquiza ejercía sobre los medios parlamentarios, lo que movió suponer que la propia mano de Urquiza había estado en la decisión. 
No podía Urquiza, sin embargo, por la fluida situación interna del país, descuidar el flanco ocupado por el territorio paraguayo. Eligió entonces a uno de los diplomáticos que mejor manejaba las cuestiones del Río de la Plata, por haber actuado largamente en Río de Janeiro como ministro de plenipotenciario de Rosas. se trataba de Tomás Guido, a quien encomendó trasladarse al Paraguay para “colocar sobre bases de perfecta armonía y reciprocidad las relaciones de amistad que felizmente existen entre ambos países” (9). Guido presentó por escrito los puntos de vista de su mandante en materia de límites, pareciéndole al gobernante paraguayo que se trataba de pretensiones injustas y agresivas. Las mismas significaban la mutilación de vastas extensiones tradicionalmente paraguayas, en la zona del Chaco. Con justo ardor patriótico, exclamaba el presidente López: “La pretensión del Chacho significa cortar la mano de un hermano; el Paraguay consentirá más bien reducirse a escombros, antes que enajenar el territorio que le corresponde” (10). 

Las negaciones chocaron con la intransigencia de las partes. La firmeza del presidente López en la defensa de los intereses de su patria, no podía ser conmovida. “No he buscado la situación en que no hallamos –le decía al negociador argentino–; deseo la paz y las mejoras relaciones con los países vecinos, pero venga lo que viniese, he de sostener los derechos y la dignidad de la República” (11). Viéndose que resultaría infructuoso prolongar tratativas que no ofrecían la menor posibilidad de buen éxito, se acordó que la firma de una acuerdo de comercio y navegación, cuyo artículo 24° declaraba “aplazado” el arreglo de los límites territoriales. 
La disposición sobre libre navegación de los ríos Paraná y Paraguay y Bermejo, incluida en el artículo 7°, era menos explícita que la del tratado anterior, pues se limitaba a declararla “libre y común… en conformidad a las disposiciones vigentes en ambas Repúblicas” (12).
 El convenio concluido por el general Guido, puso las relaciones de Urquiza con el Paraguay sobre la base de un equilibrio inestable, postergando para el futuro la resolución de las cuestiones más importantes. El compromiso de las partes era mínimo, facilitando a Urquiza esa libertad de movimientos –confusa y contradictoria– que fue su modo operativo habitual. En 1857, Brasil envió al Río de la Plata la misión de Paranhos, la que despertó fundadas sospechas en todos los ambientes paraguayos. El cónsul en Buenos Aires, don Buenaventura Decoud, le escribió le escribió al presidente López, transmitiéndole las noticias alarmantes que le llegaban de Entre Ríos. Según las mismas, se evidenciaba que los brasileños y Urquiza estaban decididos a declararle la guerra al Paraguay, pues los preparativos que estaban haciendo eran idénticos a los que en su momento se habían organizado contra Rosas (13). 
Los documentos prueban que el tema de la guerra contra el Paraguay estuvo presente en los debates, y que Urquiza patrocinó esa idea. Rápidamente concertó Paranhos los convenios que se proponía, de acuerdo a los textos que traía redactados, a los cuales adhirieron sin reservas los plenipotenciarios de Urquiza, según en toro lugar precizamos (14). 
En lo que aquí nos interesa, se deduce que el general Urquiza había planteado, por intermedio de sus plenipotenciarios, la cuestión de llevar la guerra del Paraguay para resolver los problemas de fronteras. Con este motivo, Paranhos le escribió una carta harto reveladora: “La guerra, decían mis ilustres colegas, debe poner término a todas las cuestiones con el Paraguay, sin lo que no sería popular en la Confederación. Concordé prontamente en este pensamiento, pero no pude convenir en que el término de la guerra quedase dependiente del reconocimiento que el gobierno paraguayo ha rehusado obstinadamente en cuanto a las verdaderas fronteras de los países… Una guerra que realizase estos grandes fines, y pudiese a cada gobierno en circunstancias de ocupar su territorio contestado, no sería impopular en ninguno de los dos países. El recelo de que el Paraguay se levantase más tarde contra esta ocupación, es infundado. 
¡El golpe, se el Paraguay lo provocase, sería muy fuerte para que pueda levantarse tan pronto!” (15). 
La idea del exterminio del Paraguay ya estaba latente en aquellos audaces negociadores. Intamaraty jugaba con sutileza; levantaba veladas insinuaciones y dejaba que los demás públicamente se comprometieran. Cuando en celebración de los acuerdos logrados, Urquiza le ofreció un banquete a Paranhos, éste, al agradecerlo, lanzó una vaga alusión a las antiguas alianzas. “Deseo –dijo– ver realizada la más estrecha unión entre el Imperio y la Confederación, y que la gloria de Caseros no sea la única gloria adquirida en común por el Brasil y la Nación Argentina” (16). Un nuevo Caseros se diseñaba en el horizonte; pero esta vez sería contra el Paraguay. Urquiza, al igual que el Imperio, jugaba con cartas marcadas para que se le diera el juego a su favor. En su diario Patria –edición del 21 de noviembre de 1857–, hizo publicar un artículo titulado Guerra a López. Pero su intención era que la guerra la hiciera el Brasil, reservándose para sí el derecho de facilitarse sus desplazamientos militares. 

Parece que este plan se tradujo en su protocolo secreto, a tenor de lo afirmado por el ex canciller Mitre, doctor Elizalde. “El gobierno del Paraná –dijo éste–, compuesto por hombres que tanto combaten y condenan el tratado de Alianza, firmaron un protocolo secreto con el Brasil comprometiéndose a dar paso por el territorio Argentino al ejército y fuerzas brasileras en caso de guerra contra el Paraguay”(17). A Brasil no le convenía precipitar los acontecimientos mientras no se resolvieran las controversias internas de la Confederación Argentina. A Urquiza, a su vez, la situación latente de guerra civil le exigía concentrar todos sus recursos enana solución armada. 
La conquista de la alianza del Paraguay en el conflicto con la provincia de Buenos Aires, era una carta de triunfo no desdeñable. Para tratar de obtenerla, Urquiza se largó al Paraguay, en enero de 1859, aprovechando el pretexto de interponer su mediación para solucionar del diferendo planteado con los Estados Unidos. Su intervención fue útil, sobre todo porque actuó a su lado, con el tacto y la responsabilidad que le eran habituales, el general Guido. El presidente Carlos Antonio López quedó reconocido a esta mediación y dispuesto a devolverla apenas las circunstancias se lo permitieran.
El espíritu de López era el de ser mediador para la paz; la aspiración de Urquiza era la de conquistar un aliado para la guerra. De esta alianza habló sin eufemismos, a su paso por Corrientes, de regreso de Asunción, el 3 de febrero de 1859. “Debo aprovechar esta ocasión –proclamó– para deciros que el Gobierno y el pueblo paraguayos don dignos de toda estimación fraternal para el pueblo y el Gobierno argentinos. Cultivad por vuestra parte la intimidad que debe ligarnos; somos aliados por intereses comunes, por identidad de origen y de destino...”(18). Con la intención de envolver al Paraguay en sus enmarañados proyectos, envió Urquiza a Asunción al doctor Luis José de la Peña, con el carácter de agente confidencial. Su misión era la de proponerle a López una acción común contra la provincia rebelde, que al mantener en su manos las llaves del puerto de Buenos Aires, perjudicaba por igual a las provincias litorales argentinas y a la República encerrada a lo alto de los ríos. El canciller paraguayo, don Nicolás Vázquez era el mismo que en 1856 había debatido con el general Guido por las cuestiones de límites sin arribar a resultado alguno. 
La situación de status quo en que el problema había quedado colocado, le permitió a Vázquez manifestarle a de la Peña, que “priva al referido proyecto de tratado de alianza entre la confederación Argentina y la República del Paraguay de uno de los más importantes motivos de su celebración, que es la garantía recíproca de la integridad de sus respectivos territorios”(19). 
Vemos, pues, que en la zigzagueante política de Urquiza, unas veces se inclinaba hacia el Brasil, y otras hacia el Paraguay. Mitre, con esa ojeriza que le guardaba, no dejó de enrostrárselo, sin que el perdón de los años amenguara la dureza de los calificativos. Todavía en 1869, la polémica con el doctor Gomez, echaba mano al gastado argumento. “La lección del pueblo paraguayo – le decía – les enseñará que en las cuestiones internas no deben ir a buscar armas y vapores al Paraguay y al Brasil, sacrificando territorios y honras, como lo hizo Urquiza, buscan-do alianzas del Brasil primero, y del Paraguay después, para dominar la resistencia Buenos Aires” (20). La autoridad de estas palabras procedía del hecho de que las pronunciaba el antiguo artillero de Caseros, que participó en la batalla bajo el pabellón oriental y con armas brasileñas.
 Y de que, mientras Urquiza promovía en Asunción las negociaciones que Mitre le reprochaba, este último ponía en Asunción su propio mensajero, que lo era el doctor Lorenzo Torres, para gestionar – “sacrificando territorios y honras” – la alianza del Paraguay con el Estado de Buenos Aires. La gestión del doctor Torres fracasó, al igual que la del gobierno del Paraná, quedando el presidente López en situación equidistante para poder actuar como mediador en el momento en que las circunstancias así lo aconsejaran. Antes de finalizar 1859, consideró llegada esa oportunidad y confió tan delicada misión a su hijo Francisco Solano, quien logró una ecuánime y digna solución, concretada en el pacto San José de Flores. El general Urquiza, como un homenaje a su ilustre mediación, le ofreció la espada que ciñera en Cepeda. (21) Los amores cobrados por Paraguay estaban destinados a durar algún tiempo, pues el llamado pacto de familia no era otra cosa que una solución circunstancial, encaminada a romperse apenas Buenos Aires se recuperara del contraste de Cepeda. Así sucedió, efectivamente, y de nuevo se confió a las armas el desenlace del antiguo enfrentamiento de dos líneas políticas irreconciliables. En las vísperas de Pavón, el doctor Félix Frías trató de interponer su acción pacificadora, poniéndose en contacto con ambos contendientes. Copias de la carta que envió a Urquiza, y de la respuesta de éste las remitió al general Mitre. Entonces Mire le contestó: “En cuanto a la carta del general Urquiza y a los conceptos que ella contiene, tengo cincuenta que se le parecen: y aunque el secretario que las redacta refleja aproximadamente las impresiones del que las firma, en un momento dado, el va siempre por otro camino, y con frecuencia por el camino opuesto del día anterior; porque como lo dice cuando firma mensajes, cartas y proclamas: „esto es para la historia‟; es decir, las palabras que se lleva el viento, como si esto fuera lo único que recogiese el libro de la posteridad; mientras que los hechos que lo han de componer, y que es de lo único que el general Urquiza es responsable, eso es para los presentes”(22). 

El juicio es cruel, incisivo, y cargado de maliciosas insinuaciones, pero sirve para situar aquellos hombres, que actuaban con simulación y se juzgaban con dureza, aunque después la historia liberal ha tratado de endilgarnos imágenes distintas y deformadas. Lo que Mitre pensaba de Urquiza era la verdad; también hubiera sido verdad si fuera Urquiza quien de Mitre lo dijera. Todos los personajes del liberalismo fueron actores que posaban para la historia y que, en medio de cambiantes actitudes, desataron pasiones y conflictos en que los intereses de las naciones y los pueblos quedaban postergadas. Urquiza cedió ante la conveniencia de la oligarquía de Buenos Aires, a condición de que se le asegurara el predomino en su provincia, y el progresista desenvolvimiento de sus negocios particulares. 
En Pavón se inició un período de transacciones y deslealtades que sería fatal al destino de esas nacionalidades. Los dobleces de Urquiza, sus marchas y contramarchas, las decepciones que paulatinamente fue sembrando, desarmaron el aparto de la resistencia a las miras egoístas del liberalismo porteño y las tendencias expansionistas de Brasil sobre la cuenca del Plata. La primera etapa de este programa de dominación, la constituyó la rebelión del general Flores contra el gobierno oriental del doctor Berro. En la obra que sobre el tema escribió don Aureliano G Berro, al hablar de Urquiza dice que “en realidad el sentimiento del gobernador entrerriano fluctuaba entre revolucionarios y gubernistas, inclinándose más bien, aunque paulatinamente, a los primeros, ya que por exigencia de la política nacional argentina, ya que por su antipatía personal al presidente Berro” (23). 

No se olvide que el presidente Berro cesó su cargo en febrero de 1864, reemplazándole don Atanasio Aguirre, durante cuyo período, precisamente, se acentuaron las preferencias de Urquiza por los revolucionarios. Lo equivoco de la conducta de Urquiza en la cuestión oriental, provenía de su achicamiento ante Mitre, de los cordiales términos en que se mantenía con el general Flores y de la interposición de factores más concretos y positivos. En efecto; en medio de aquellas convulsiones se movía un personaje misterioso: el varón de Mauá, banquero brasileño, que no perseguía otros fines que los del Imperio y los del liberalismo económico. Cuando se temió que Urquiza, cediendo a los requerimientos de los caudillos federales de toda la república, pudiera lanzar su peso a favor del gobierno legal uruguayo, el varón de Mauá viajó a San José y se entrevistó con el viejo caudillo. “La Nación Argentina” publicó una información procedente de su corresponsal en Concepción del Uruguay, concebida en los siguientes términos: “Se dice… que el varón de Mauá ha hecho arreglos particulares con el general Urquiza, supliéndole los fondos que necesita para sus negocios particulares” (24). 
Esto sucedía en octubre de 1863. Poco después, el hijo del caudillo, coronel Wualdino Urquiza, había cruzado el Uruguay en frente de tropas, para sostener la causa del gobierno de Berro, lanzando una proclama en la que decía: “Días más, y el mismo general Urquiza no podrá resistir el jadear de los pueblos que le gritan: ¿Qué hacéis? ¿Por qué dejáis que nos asesinen?” (25). ¿El varón de Mauá se interpuso y Urquiza dejó de que los asesinaran?El diario de Mitre, con sorna mal disimulada, lanzaba sus venenosas insinuaciones: “No puede menos que confesarse – escribía –, que hasta ahora el general no ha tratado de estorbar en anda la marcha de las autoridades nacionales, manifestándose más bien amigo de la paz a la cual está vinculado por mil motivos” (26). Ya se ve que los viejos unitarios, dueños ahora de la situación, con el nombre de “liberales” no perdonaban aquellos que llegaban retrasados a sus carpas y simulaban adherirse a sus banderas. Urquiza creyó que haciéndose el manso iba a conquistar la tolerancia de los porteños, pero los cálculos le salieron fallidos. 
El vocero de Mitre que encabezaba el pelotón de los desaforados, alternativamente lo atacaba o lo protegía, siempre con ánimos de desmoralizarlo. En el fondo, el elenco porteño lo despreciaba. Se reía de los que esperaban una reacción federal del viejo caudillo. “El poder del general Urquiza – escribían sus parciales – está en la imaginación de los que recuerdan lo que fue, y no se detienen a ver las cosas con calma” (27). Era como meterle la mano en la boca, al fiero león, ahora desdentado. Otros llegaban mucho más lejos y le hacían objeto de ataques despiadados. El diario “La Tribuna”, típica expresión del cerrado fanatismo porteño, decía que Urquiza era “un asesino que se ha cebado implacablemente en la matanza de setecientos prisioneros de guerra, a los que ha visto expirar con una sonrisa de salvaje indiferencia en los labios y que ha hecho del crimen una profesión” (28) lo cual es verdad, aunque omitiendo aclarar que esos crímenes se cometieron al servicio de los unitarios encima mismo de la victoria de Caseros, cuando la “civilización liberal” entraba a bocanadas sobre la agobiada Buenos Aires. 
“Ese espectáculo era hasta entonces – escribía el antiguo secretario del general Rivera – y Buenos Aires no había visto jamás insultarse de ese modo su moral y su templanza, aún en medio de las más detestables iniquidades ejercidas por los verdugos vencidos” (29). 
También el volatinero del “ejército libertador”, coronel Domingo Faustino Sarmiento, luego de narrar los fusilamientos y exhibición de los cadáveres, colgados de los árboles en los paseos de Palermo, exclamaba: ¡en tiempos de Rosas no nos han colgado cadáveres en el paseo público!” (30). En tiempos de Rosas, no; era privilegio que le estaba reservado a Urquiza y los liberales. El juego engañoso y mezquino a que se había dado el general Urquiza, mantuvo largo tiempo ilusionados a los caudillos federales del interior, que esperaban sus directivas. El pueblo uruguayo ofrecía el espectáculo conmovedor de su heroísmo inverosímil y su grandeza solitaria. “Entre Ríos ardía indignado ante el sacrificio de su pueblo hermano – escribió Victorica – consumado por nación extraña. El general Urquiza no sabía ya cómo contener a los que no esperaban sino una señal para ir en auxilio de tanto infortunio” (31). Eran muchos los que le reclamaban enérgicamente claras decisiones. Entre ellos el p. Domingo Ereño, que le escribía: “La indignación es general, todos claman otra vez porque vuestra V.E sea salvador del Río de la Plata, y las ordenes de V.E he de ir con un fusil si es preciso” (32).
 El cura quería arremangarse la sotana pero Urquiza no se decidía a calzarse el uniforme.La voluntad estaba tensa y bien altas las antiguas banderas federales que solamente necesitaban un jefe de prestigio para desplegarse con ímpetu nacionalista y reivindicatorio, pero el jefe que llenaba esa condición se negaba a prestarse a la tarea, al p. Ereño le respondió: “Yo soy un jefe de la Nación que me he sacrificado por establecer con toda su fuerza y con todo su vigor la ley, y no vendría a oscurecer mis servicios con el injusto dictado de rebelde, que es lo que en justicia se me daría, si yo no fuera consecuente con los principios que rigen a mi país. No quiero decir por esto que como hombre haya perdido el derecho de simpatizar con una causa más que con otra; pero faltar a mis deberes, esto jamás, mi buen amigo” (33). ¡Tardío puritanismo!; Lástima que no lo hubiera descubierto en 1851, cuando “los principios que regían en el país” no lo detuvieron en el camino de la rebeldía y de la traición! Las situaciones eran absolutamente iguales y debían ser iguales, por lo tanto, las doctrinas que se le aplicaran. Vista la tesis que ahora desplegaba el general Urquiza, el historiador Julio Irazuzta pregunta: “Pero, ¿vio los hechos en toda su monstruosidad? 
¿Que el Brasil, promotor de la alianza, seguía el 65 la misma política que el 52, que no consistía en civilizar el Plata, sino en avasallarlo? ¿Que él se había puesto en el mismo brete, una década antes, cuando pudo verse obligado a hacer con sus compatriotas rosistas, lo que Mitre con los paraguayos, si la resistencia de Rosas hubiese sido tan recia como la de Francisco Solano López? Lo dudo”(34).
 Los amigos de Urquiza, leales soldados del federalismo, se movían por principios ideales y estaban en el cauce auténtico de la nacionalidad, definid por sus tradiciones, su personalidad histó- rica y las esencias peculiares de su genio. Ellos advertían lo que tenían de nocivas las ideas liberales, que Mitre y sus adeptos trataban de imprimir sobre el alma nacional, comprendían que su deber los obligaba a expulsar ese cuerpo extraño, para que la Nación y el pueblo recuperaran el manejo pleno de su autonomía. Para esos hombres, puros e idealistas, el Paraguay era una parte inseparable de su territorio espiritual, los enemigos eran Mitre, el Imperio, el liberalismo, los porteños… Tal como el general Ricardo López Jordán se lo dijo a Urquiza, cuando éste ordenó la movilización de las caballerías entrerrianas para ir en apoyo del Brasil y contra el Paraguay. “Usted nos llama para combatir a Paraguay – le contestó –. Nunca, General; ese pueblo es nuestro amigo. Llámenos a pelear a porteños y brasileños. Estamos prontos, esos son nuestros enemigos” (35).
 La realidad es que Urquiza estaba en otra cosa, desde hacía mucho tiempo, aunque por razones de seguridad y prestigio se cuidaba de disimularlo. 
Ya el 29 de agosto de 1864, el doctor Lamas, en carta confidencial al doctor Castellanos, le decía: “El general Urquiza está con el general Mitre, es decir, con nosotros” (36). ¿Qué mayor prueba de doblez? Es evidente que compromisos secretos lo obligaban a Urquiza a proceder en el sentido en que lo hacía. Pero también es evidente que las dudas de su alma lo precipitaron en un terrible conflicto interior, a cuyas opuestas incitaciones debemos atribuir su conducta contradictoria. Porque Urquiza apoyó la política liberal de Buenos Aires, sin atreverse a romper de una beuna vez las ataduras que lo unían a la posición contraria. De ahí los procedimientos tortuosos, la correspondencia comprometedora, las promesas fallidas... Hubo un momento en que pareció entrever la gravedad de los hechos que se habían desencadenado en el Uruguay, y pensó en una alianza con el Paraguay para enmendarlos. 
El delegado oriental en Asunción, doctor Lapido, gestionaba infructuosamente la alianza del general López, cuando Urquiza – según Cárcano – se habría resuelto a lanzar todo su peso en la mesa de las negociaciones. El autor le da importancia esa intervención, y ofrece detalles y correspondencia que lo confirmarían (37) Vale la pena seguirle los pasos a esta intriga. Don José de Caminos, fanático federal santafesino, se habría presentado a su tío, don José Rufo Caminos, cónsul paraguayo en Paraná, el 8 de noviembre de 1863 (38), diciéndole que le general Urquiza se empeñaba en que viajara urgentemente al Paraguay, y “haciendo valer toda su influencia ante el señor presidente López, trabaje para que el doctor Lapido establezca y afiance un tratado de alianza defensiva y ofensiva”. Que, si esto si hiciera, está Urquiza resulto a “ponerse al frente de un gran pronunciamiento, que de por resultado al separación absoluta de Buenos Aires de las demás provincias”, pues – agregaba – “él aborrece y habrá de aborrecer siempre a los porteños” (39).
 El cónsul recabó de su sobrino prueba escrita de que tal era el pensamiento de Urquiza; por lo cual gestionó y obtuvo del general cartas dirigidas a Rufo Caminos y al presidente López, las que llevan las fechas del 13 de julio de 1863. el historiador nombrado las transcribe (40), con la indicación de ser las mismas “inéditas”, pero siguiendo su hábito sospechoso de ocultar las fuentes, no dice cómo las obtuvo, no dónde se encuentran, aunque Cardozo (41) sitúa la dirigida a López en el Archivo General de la Nación, Buenos Aires (42). Lo cierto es que ninguna de esas cartas compromete en lo más mínimo el pensamiento de Urquiza, desprendiéndose de ellas que el caudillo entrerriano aprovecha, para un simple contacto epistolar, el viaje que el cónsul se propondría hacer a Asunción, que es cosa muy distinta de que tal viaje se hiciese a su pedido. La única referencia a los sucesos que se desarrollaban en el Río de La Plata, es un párrafo en que Urquiza le dice a López: “La República Oriental sufre actualmente los horrores de una guerra intestina que compromete su riqueza y paraliza la rapidez con que marchaba su progreso” (43). ¡De “guerra intestina” calificaba la invasión mistrista-brasileña al Uruguay! Cardozo (44) da importancia a estos hechos y juega con su dialéctica a favor de la supuesta intención de Urquiza, de promover “la expulsión definitiva de de Buenos Aires de la unión con las demás provincias, vale decir, la ruptura de la unidad argentina y el retrotraimiento de la a la situación anterior a 1859” (45) ningún documento, ni hecho alguno, comprueba que tal fuera ni siquiera la remotísima intención de Urquiza, demasiado empeñado, por esos días, en mantener el nivel de componendas y negocios que había logrado establecer con Mitre. Tan es esto así, que el presidente López, por intermedio de Caminos – según el propio Cardozo – “le mandó a decir que esperaba de él algún acto serio que le hiciera salir de la situación dudosa en que se había colocado frente al gobierno del general Mitre” (46). 
También esperaba un “acto serio” el ilustre general Peñaloza, condenando a luchar en soledad tremenda, sosteniendo la terrible agonía de las huestes federales, a la espera del cumplimiento de las vagas promesas que le llegaban desde Entre Ríos. Al general Peñaloza, desengañado y retirado a sus casa de Olta, fueron a matarlo, por orden de Mitre y Sarmiento, el 8 de noviembre de 1863. Su cabeza fue exhibida en una pica como trofeo de la “civilización” contra la “barbarie”. Los agentes orientales de Asunción fueron quienes insistieron en animar rumores y versiones que era inminente un “pronunciamiento” del general Urquiza. El canciller Berges, recibía y ordenaba todas esas informaciones, y le indagaba a su agente confidencial en Buenos Aires: “¿Tiene el Gobierno Oriental algún Agente privad cerca del General Urquiza para arreglar un gran pronunciamiento de las trece Provincias, y separar a Buenos Aires de la República Argentina?” (47). Agregaba Berges que “no daba mucho crédito a estas noticias, que sin embargo me han llegado por un conducto muy respetable”, lo cual comprueba que ese conducto no podría ser el propio General Urquiza, pues en tal caso toda duda hubiera desaparecido.
 Deducción ésta que queda definitivamente ratificada, en otra posterior, al mismo Egusquiza, en el que le pide: “Tampoco deje de avisarme lo que se dice de Entre Ríos, el General Urquiza, de López Jordán, y otros jefes notables de esa provincia, pues, por acá llegan „algunas bolas‟ con intención de hacernos creer que se trata de un pronunciamiento contra Buenos Aires” (48). Si la versiones procedieran directamente del General Urquiza, a raíz de la misión de Rufo Caminos, ¿es concebible que el canciller paraguayo las tratara despectivamente de “bolas”? El juicio certero de Urquiza lo dio el mismo Berges, en la carta al ya nombrado agente confidencial, cuando le decía: “El General Urquiza mira los todos de lejos…” (49). La opinión de Egusquiza, al responder a la consulta de Berges, del 6 de agosto, también era desfavorable. “Los antecedentes de Urquiza – le decía – no son muy propios para inducir a nadie a formar alianzas con él, aun cuando la política aconseje mantenerse en buenas relaciones con ese caudillo, la prudencia ordena no depositar en él la menor confianza” (50). 

En cuanto a la opinión de Rufo Caminos, a quien Urquiza le había encomendado la presunta misión ante el presidente López, no se mantenía ni siquiera en los límites de la compostura, pues le llamaba “gaucho entrerriano, nulo e imbécil hasta el infinito” (51). Todos cuantos tenían algo que ver con las cuestiones que se debatían en el Río de La Plata, le desconfiaban a Urquiza. El encargado de negocios del Uruguay en Asunción, don Federico Brito del Pino, le informaba a su gobierno: “El ciudadano de Entre Ríos parece que está haciendo de las que acostumbra, es decir, que está traicionando” (52), idénticas desconfianzas asaltaban al agente confidencial paraguayo en Montevideo, Brizuela, ponía en duda las versiones sobre actitudes decididas de Urquiza, a quien llamaba “ese hombre” y decía que no depositaba “ninguna fe en su política ni en sus compromisos” (53).
Dudas y diatribas cosechaba Urquiza con su política esquiva y vacilante. Hacía equilibrios entre Mitre y López, y mantenía con ambos espinosa correspondencia. 
Cerraba la puerta a éstas o aquellas opiniones, pero se cuidaba de dejar entreabierta la ventana. 
Cuando se le pedían definiciones precisas, las rehuía, y para no disgustar apelaba a pequeñas obsequiosidades. En ocasión de un viaje a Asunción, del ya citado José de Caminos, se le encargó que al retorno se viera con Urquiza, para conocer la fotografía dedicada al canciller Berges. Éste le escribía a López, al campamento de Cerro León, informándole: “El general Urquiza ha hecho conmigo lo que con el Doctor Carreras, mandándome su retrato…” (54).
 Cuando la gravedad de los problemas ponía un acre olor a pólvora en el ambiente, el general Urquiza dedicaba fotografías... No obstante estas cuidadas especulaciones, Urquiza llegó más lejos de lo que hubiera deseado y López creyó tener su compromiso formal de encabeza el “pronunciamiento” que el federalismo argentino le reclamaba. El general Resquín, que actuó durante toda la guerra al lado de López y desempeñó como jefe de Estado Mayor de sus ejércitos, luego se ser hecho prisionero en Cerro Corá, fue trasladado al cuartel general del Comando del ejército brasileño, en Humaitá. En las declaraciones que se le hicieron prestar en este punto, el 20 de marzo de 1870, afirmó que “López le había dicho anteriormente que el General Urquiza se había comprometido a unirse con él para hacer la guerra al Brasil y a la Confederación Argentina; pero cuando López hizo la protesta el 30 de agosto de 1864, el general Urquiza se apartó de él” (55). Alberdi afirmó categóricamente que “López tenía documentos que le hacían esperar la cooperación del general Urquiza” (56) Es evidente que los cálculos de López estaban basados sobre la concurrencia de factores que luego se retrajeron. La piedra liminar en que descansaba su edificio, no era otra que el general Urquiza. Cuado en febrero de 1865, llego a Asunción el doctor Julio Victorica como enviado confidencial de Urquiza , el presidente López tenía ya motivo para sentirse decepcionado de su escurridizo aliado. Sus sistemas de información eran tan completos, que seguía al pelo los acontecimientos y sabía el valor de las lealtades que se le prometían. En este caso del mensajero de Urquiza, estaba enterado, aque el mismo guardara silencio al respecto, que por esos días Urquiza le hacía conocer a Mitre las cartas – privadas, y en muchos casos reservadas – que López le había remitido. (57) Rsta maniobra “confidencial”, tan propia de la duplicidad de Urquiza, introducía un elemento de suma consideración en el dispositivo total de la estrategia paraguaya. Pero Victorica ocultó el hecho, ignorando que el presidente López había tenido, con bastante anticipación, denuncia del mismo. En efecto; su agente confidencial en Corrientes, don Miguel G. Rojas en carta del 24 de enero, le había prevenido que “el general Urquiza remitirá a Mitre todos los documentos oficiales recibidos del Paraguay…y quese declarará contra los paraguayos”.(58).

 El cuadro de la situación aparecería bastante clarificado. Pero López no tenía por qué mostrar sus cartas y simuló la mayor credulidad en cuanto se le manifestaba; hizo, inclusive, una elegante diferenciación entre Urquiza y Mitre. Cuenta Victorica: “Conversamos largamente y aunque él reconocía la sinceridad con que el general Urquiza le afirmaba por mi conducto que nada debía temer de la República Argentina si era respetada la neutralidad que se había impuesto, no le sucedía lo mismo respecto del general Mitre que, según él, ya tenía pactada una alianza secreta con el Brasil y no cesaba de provocar de todos modos un rompimiento con el Paraguay”.(59) López era un diplomático finísimo y utilizaba la ironía con exquisito refinamiento, Decía creer en la “sinceridad” de caudillo entrerriano que se aferraba a la tabla salvadora de una inexistente “neutralidad”, pero al demostrarle al falsedad de este último supuesto desvalorizaba el calificativo de “sincero” que le había aplicado. La prueba es que poco después de la visita de Victorica, le escribía a Cándido Bareiro, a Paris: ”El caso esta próximo a suceder, y aunque no contamos todavía con ningún disidente, porque el general ha faltado a sus espontáneos ofrecimientos, si la guerra se hace inevitable con ese país, contando con la decisión y entusiasmo de mis compatriotas, espero llegar a buen fin.” (60) Llegaron las horas decisivas y Urquiza se inclinó con todo el peso de su gravitación y de sus medios hacia el partido de Brasil, que había llamado “odioso”, y la causa liberal de Mitre, a la que había combatido con las armas en al mano. La aparente fusión de esas dos voluntades enterró a lo largo de las oprimidas tierras argentinas, toda esperanza de vindicación de nuestras tradiciones federales. Las grandes frases reemplazaron a los hechos pequeños; desde Paris Alberdi comentó con su rotunda elocuencia: “En lugar de unir dos países, se contentan con unir dos hombres. 
Esto se ha llamado recoger el fruto de una gran política; es decir conseguir que Urquiza deshaga su propia obra, su propio poder, su propia importancia” (61) La historia no comprometida ha tratado de enterrar el misterio de esa terrible experiencia, de ambigüedad y defección, brindada pro el general Urquiza. Los motivos profundos, es que se estructuran y proyectan en cámaras hermética a las que no tienen acceso si no los hincados, los hemos estudiado en otro lugar. Pero hubo también, al parecer, factores de superficie, enlaces dependientes de intereses materiales. Un hombre que estudió con seriedad y pasión la vida y conflictos de las naciones de la cuenca del Plata, el Mexicano Carlos Pereyra, expresó este juicio lapidario: “ Urquiza, el jefe entrerriano, después de traicionar la causa de su raza, traicionó la causa de sus corruptores, y en vez de peor por éstos, ya que no había peleado por los Paraguayos, esquilmó a los brasileños, haciéndose vivandero de la expedición” (62). La acusación es categórica; no deja resquicios para la duda. Los historiadores brasileños no han hecho secreto de estas transgresiones. Cuentan que en los momentos más dramáticos de la guerra oriental, durante el sitio de Paysandú, todos esperaban de Urquiza la actitud enérgica que reestableciera los derechos de los pueblos y diera satisfacción a las demandas de las legiones federales, que estaban listas para la pelea. Había que neutralizar ese peligro. Con tal objeto, se trasladó al palacio de San José, residencia de Urquiza, el general de caballería Manuel Osorio. 
Concertó con el viejo caudillo una operación de venta de 30.000 caballos, a razón de 13 patacones por cabeza, lo que rindió 390.000 patacones (equivalentes a dos millones de francos oro). Un autor brasileño, Pandiá Calógeras, luego de dar detalles de la insólita operación, expresa: “O general Osorio, o futuro marqués Derval, conhecía-lhe o fraco e deliverou servir déle” (63).
 Y luego, como síntesis del juicio que este acto mereció a la conciencia brasileña, comenta: “Nao existía em Urquiza o estófo de un homem de Estado: Nao passava de un condottieri” (64).
 Lo que no trascendió en el momento de la operación, empezó a saberse poco después, cuando don Mariano Cabal, socio de Urquiza, iba haciendo entrega de las grandes partidas de caballos adquiridas por los brasileños. El cónsul, Rufo Caminos le escribía a Berges: “el rengo D. Mariano Cabal, socio que fue del general Urquiza en la compañía de vapores, ha contratado con los Macados entregarles 30.000 caballos a 13 patacones, cuyo negocio se asegura que lo hace con su antedicho socio” (65).
 La opinión inglesa sobre tan deslucidas actitudes, fue expresada en su momento, por el teniente coronel Thompson, que apenas llegó a Londres, en 1869, señaló que Urquiza “supo aprovecharse de la ocasión, salvando a su provincia del envío de grandes contingentes, y logrando enriquecerse y enriquecer a su comarca con la proveeduría de ganados y caballos para el ejército aliado, durante la guerra” (66). La certeza británica, en este sentido, no ha variado un punto, a pesar de los años transcurridos; Cuninghame Graham, en su libro terminado en Ardoch, en 1933, dice que Urquiza, “el sátrapa de Entre Ríos, era el hombre del misterio de esta guerra” (67), agregando más adelante: “a través de toda la guerra, su actitud fue ambigua, pues por una parte recibía mensajes de López, y por otra escribía a Buenos Aires expresando que pronto tendría un ejército numeroso listo para entrar en campaña. Al fin no se inclinó por ninguno de los contendientes, pero obtuvo sus cifras enormes vendiendo ganado a los aliados” (68). 
No es nada marcial la pintura que, según vemos, unánimemente se le hace; el feroz guerrero de Vences, Pagolargo, e India Muerta, quedó reducido a un vulgar ¡vendedor de caballos!.Cundo la guerra adquirió estado público como consecuencia de los episodios de Corrientes, Mitre se apresuró a escribirle a Urquiza; le informaba del “acto vandálico cometido por el presidente López”, al que calificaba de “un enemigo tan alevoso como traidor”. Decía hacer “el debido honor al patriotismo de V.E. y a sus declaraciones en tal sentido, señalándole el puesto que le corresponde en la fila de los leales y valientes argentinos que tienen que vindicar el honor y la dignidad de la República” (69). A lo que Urquiza respondió de inmediato, admitiendo que su interlocutor “ha hecho justicia a mis antecedentes y a la lealtad de mis declaraciones, señalándome un puesto a su lado… para rechazar como se merece la ultrajante ofensa que bárbaramente se nos inferido” (70). Lo irritante de esta respuesta es que Urquiza traduce la esperanza de que esa guerra, “mientras dará gloria a la República, puede dar por resultado seguro extirpar del todo las disensiones políticas que antes han divido al país” (71).
 Es decir: consagrar el abuso y absorción de Buenos Aires y extirpar definitivamente a las huestes federales de las provincias, que apuntalaban la dignidad del país contra la intolerancia y espíritu de partido de Mitre y el liberalismo. La definición que tanto se le había venido reclamando la produjo Urquiza con una amplitud inesperada; porque no solo se manifestó complacido de confundirse con las banderías del mitrismo, sino de renovar glorias comunes con el Imperio. El representante brasileño, doctor Octaviano de Almeida Rosa, le escribió para felicitarlo por la proclama que había lanzado “aos soldados de Caseros”, probando así –le decía– “nao so as virtudes cívicas de V.E. como á fidelidade de seu coracao a alianza brasileira” (72). 
La puñalada trapera, asestada con alevosía, arrancó a Urquiza una genuflexión versallesca. “Me complace recordar –le respondió– la gloria que en Caseros adquirieron las armas brasileras y argentinas, cuya alianza sería siempre de honor para ambas, en causa tan justa como aquella” (73). 
Palabras convencionales, sin duda; pero, en este caso, palabras a cambio de caballos, palabras de vivandero, no de general. Forzado por los compromisos tan rudamente remachados, Urquiza ordenó la movilización de las milicias entrerrianas y su concentración en campamento de Calá. La resistencia popular no se atenúa y las gentes se niegan a creer en la subordinación del poderoso caudillo a una política que contraría su trayectoria y divisa. Así lo afirma el general Wenceslao Paunero al ministro Gelly y Obes: “la división de la victoria se niega a marchar – le dice –, y aún se cree que también la de Gualeguay, y eso es porque aún no creen en la actitud decidida, asumida por el general Urquiza”(74). Urquiza y sus personeros multiplican su actividad en la misma medida que sienten que una sorda resistencia le está quemando los talones. Se hace notable su empecinamiento en la persecución de quienes resisten a al guerra. El gobernador de Entre Rios, don José Daominguez, hace detener en Concordia a don Juan Coronado, ex secretario de Urquiza, acusándole de “desacreditar la causa nacional de una manera subversiva” (75). El ministro de Gobierno, doctor Nicanor Molinas, cursa instrucciones a los jefes políticos para que vigilen a los individuos “que se ocupan en anarquizar a los ciudadamps qe defienden las causa nacional” (76).
 El tres de julio se produce el desbande de Basualdo y el 8 de noviembre ocurre al insubordinación y desbando de Toledo. Las deserciones se generalizan, la reacción popular se agudiza, está latente el clima de la rebelión. El coronel Juan Luis Gonzalez le informa a Urquiza que se dice que”en Paraná, Nogoyá y Victoria de jefes para abajo todos están contra V.E., y si esta marcha no es contra Mitre, que ellos no salen de sus departamentos”. (77) 
La situación de Urquiza es de sorpresa y desesperación. Luego del desbande de Basualdo aparecen desautorizadas todas las frases de literatura patriótica que estuvo empleando en su correspondencia con el general Mitre. La realidad queda al descubierto; se ve obligado, a licenciar al resto de las tropas para evitar males mayores. “V.E. debe estar persuadido – le escribe a Mitre – que al tomar tan grave resolución, sin esperar sus órdenes, es porque no ha podido ser de otro modo, para no esterilizar en la desmoralización y el desorden elementos que deben volver a concurrir a la defensa nacional como V.E. debe estar seguro que lo harán, que lo haré yo que me he de sacrificar, si es preciso, solo”(78). Es la confesión de un rotundo fracaso; el peso de su soledad trasciende de sus descorazonadas palabras. Gelly y Obes sigue los acontecimientos y le hace llegar sus impresiones a Mitre: Éste le responde: “Por lo demás, casi estoy conforme con usted en la relativo al concurso material de Entre Ríos, sobre todo siendo como es el general Urquiza un factor inerte que de buena fe está dispuesto al bien, pero que no está a la altura de la situación, no comprende más las cosas que las vieja que pasaron de moda hace muchos años…dando poca importancia a lo que por ahora diga el general Urquiza, pues con todo está conforme…Sin embargo, todo se a de enderezar por la razón o la fuerza”(79).

Por la razón o por al fuerza: Ahí esta Mitre de cuerpo entero: En cuanto a Urquiza, humillado y vencido, hay que hacerle sentir todo el peso del liberalismo. Lo primero ha de ser obligarle a castigar a los últimos fieles que le quedan: a los más leales soldados de la divisa federal. Mitre le reclama la aplicación de severos castigos a los “traidores que se atreven a conspirar contra la nación… contándose entre esos traidores algunos con quienes V.E. parece contar para efectuar su reserva”(80). La estocada es evidente; Urquiza no puede negarse al cumplimiento de las órdenes que se le imparten; porque a la orden se añade la vedada amenaza: “Si después de lo que le he manifestado a V.E. reservadamente, aun se demorasen las medidas dictadas contra esas personas…”(81). ¡Horror! ¿y los caballos? ¿Es tan duro el corazón de Mitre que no valora el sacrificio de proveer caballos a cambio de míseros patacones? Tímidamente quiere Urquiza salvar el honor de sus banderas y lanza una proclama a los”soldados de Caseros”, atribuyéndole haber amortiguado la rudeza del golpe paraguayo, hasta tanto Mitre pudiera concurrir con sus legiones. “Por vosotros retrocedió el paraguayo en su primera invasión – les dice -; vosotros contribuisteis a que un solo sentimiento de venganza honrosa respondiese en toda la República al afrentoso ultraje que se disfrazaba para especular siniestramente en nuestras antiguas disensiones. A vosotros debió entonces la provincia salvar su territorio de ser el teatrop sngriento de la lucah manteniéndose en al frontera, mientras se reunió y organizó el grande ejército”(82). Luego de ésta proclama de falsos horísmos, Urquiza cursó órdenes severísimas y autoirzó la aplicación de bárbaros castigos a los reticentes. Al general López Jordán le escribió: “Le recomiendo muy particularmente que, con la mayor reserva, averigüe quienes fueron los que, en Basualdo y Toledo, imitando el aullido del los perros y los zorros, daban la señal para la deserción y los qu sean autores, capturados y remitidos a este Cuartel General” (83).

 Lo que significaba en la terminología urquicista, eso de remitir prisioneros al Cuartel General, puede deducirse de esta otra carta dirigida al mismo destinatario: “Hoy se han fusilado tres después de haber sido sumariados y condenados por consejo ordinario. Quiero que me persiga y remita a este Cuartel General a los oficiales Lara, Retamar y un yerno del Cnl. Gutiérrez, instigadores de las deserciones de Toledo”(84). La ferocidad de la represión produjo, al parecer, los efectos que Mitre se proponía. Al menos, así se lo comunicaba el general Urquiza: “La medidas tomadas para reprimir las malas pasiones que causaron los desórdenes de Basualdo y Toledo, producen los saludables efectos que debían proponerse”(85) No hade descuidarse Urquiza para lo sucesivo. Rodea de extremas precauciones la leva de soldados, su concentración en regimientos y su despacho para el frente de la guerra. Su panegirista Cárcano nos cuenta cómo, “perseverante en su decisión patriótica#, pudo embarcar desde el perto de Concepción del Uruguay, algunos batallase seleccionados. Para evitar sorpresas, “desde su despacho de la ciudad dirige la operación”. En esto aparece un oficial, que luego de saludar militarmente, le dice: “Mi general, la tropa no quiere embarcarse”. La escena, en la expresiva narración de Cárcano, merece reproducirse. “Denme mi lanza, exclama el general. Salta en el primer caballo que halla al salir, y parte a gran carrera en dirección al puerto…Blandiendo la lanzaron su brazo fuerte, parece que encabeza una de las cargas irresistibles que tantas veces le dieron la victoria. Llega al puerto, revista a trote largo la tropa formada, laza en mano, mirando fijamente. Detiene su caballo frente al portalón del barco, y se oye su voz arrogante: ¡Comandante! Ordene que se embarquen de uno en fondo. La voz de madno se repite, y la tropa se embarca en silencio. El barco se aleja conduciendo tranquilamente el contingente entrerriano, arrancado por el grito de su caudillo del abismo de su retraimiento”(86). 

Esos contingentes que tranquilamente eran despachados para acrecentar los ejércitos de la Triple Alianza, deben se aquellos de que Mitre le acusaba recibo: “Llegó ya el comandante Pintos con una parte del contingente que envía V.E. de esa provincia. De conformidad con lo que V.E. me pide, dispongo el regreso de la custodia que trajo el contingente”(87). 
Así es como Mitre y Urquiza, contrariando los naturales sentimientos de los pueblos, mandaban nuestros jóvenes dignos y patriotas a pelear contra el Paraguay: un país enigmático y extraño al que por esos medios - custodias y grillos – se proponían abrirlo a las corrientes de la civilización. Pero, a la postre, la contribución de Urquiza, por la quiebra de su prestigio y por la creciente insurrección popular, quedó reducida a esas pequeñas remesas “bajo custodia”, con las que – según Cárcano – ealvo “la dignidad de su provincia sobre el pantano localista”(88). 
Su capacidad de caudillo quedó gravemente lesionada. En un intento por reconquistar la adhesión del gran partido que se oponía a la guerra contra el Paragbuay enarboló el estandarte de la paz, situándose en esa tierra de nadie en la que se cruzaban los tiros de los bandos. Mitre se encontraba en Yatay-Corá, donde acababa de repulsar la generosa propuesta del mariscal López. 
Urquiza le escribio al caciller Elizalde: “Vuestra excelencia sabe que yo trabajé por conjurar la guerra, tanto porque trabajo para que en ella se salve el honor de nuestra bandera. Bien, yo deseo el triunfo como deseo la paz…No la paz como bandera traidora de oposición y resistencia…la deseo como término racional de toda guerra…Mostrándonos fuertes y serenos en la lucha y conservando la tranquilidad interior se puede llegar a ella salvando con la dignidad del país los principales intereses de la alianza” (89). Era una póstuma tentativa de ecuanimidad que no había de servirle sino para aumentar las sospechas que a su respecto alimentaban los círculos más ortodoxos de Buenos Aires. Aunque los abanderados de la causa federal en las provincias, sabían muy bien que ya no doía contarse con Urquiza, seguían invocando su nombre para aprovecharle y comprometerle. 
No consiguieron resultados positivos con ello, pero impidieron la estabilidad de la nueva situación, al servicio del porteñismo, que Urquiza quería crearse. Todas las aspiraciones que alentaba el caudillo entrerriano, se quebraron irremisiblemente en la insinuación de su complicidad con los levantamientos internos que arreciaron en 1867. La situación del pais se volvió muy peligrso, imponiéndose el regreso de Mitre y el retiro de tropas de los campos de batalla paraguayos. Los cenáculos porteños vibraban contra Urquiza, atribuyéndole una influencia que estaba muy lejos de conservar en ese entonces. El diario de Mitre – La Nación Argentina -, refiriéndose a Entre Ríos, escribía: “No podemos disimularlo, esta provincia es radicalmente enemiga de la actualidad, no obstante ser una de la que más ha prosperado…Basualdo y Toledo son dos pruebas recientes, de que Entre Ríos no olvida sus odios ni ante las exigencias del honor nacional, ni ante el peligro común…La prensa de aquella provincia es de tiempo atrás una propagando rabiosa de odios tan brutales que deshonran al corazón humano…Si se pronunciará por la reacción tomando parte en la rebelión y en la traición que ella simbolizan el tiempo lo dirá. Por ahora solo sabemos que no podemos contar con su cooperación. Como todo pueblo que no tiene voluntad propia y depende absolutamente de la voluntad de un hombre, no puede saberse cual será la actitud de Entre Ríos. El general Urquiza lo dirá, y si hemos de creer a sus propios intereses a las exigencias del honor y de la gloria y a sus compromisos, como hombre público y privado debemos esperar que condenará la reacción, o que al menos, le negará su cooperación. 
No es creíble en manera alguna que el general Urquiza quisiera terminar su vida pública con una traición a la patria, que lo deshonraría ante la historia”(99).
 El artículo está lleno de implicancias y de sutiles estocadas; bien conocían el palo que tenían entre manos. Urquiza trató de capitalizar a su favor la oscura conducta de estos años, exhibiendo como un acto de abnegación lo que había hecho en el caso de la guerra contra el Paraguay. En 1868 escribía al doctor Salustiano Savalía, declarando: “Largamente me esforcé con el señor Mitre para evitarla, antes que estallase; le mostré sus inconvenientes, le auguré su duración y las calamidades de que podía ser consecuencia, en una extensa correspondencia que alguna vez será del dominio público, cuando ya no pueda importar sino para la relación crónica de los sucesos; pero la guerra estalló y el Presidente solicitó mi concurso, y se lo presté arrastrando forzadamente a un pueblo, para quien era esa lucha terriblemente antipática. Todo lo que es personal lo expuse, y los hechos probaron que ese esfuerzo era superior a lo que humanamente podía exigirse, si bien bastó a contener al enemigo (desconózcanlo la ingratitud y la lealtad) y a dar lugar a que se organizase un ejército capaz de empujar la guerra sobre el territorio enemigo. Después de eso, es esta provincia la que relativamente ha conservado hasta hoy mayor contingente en el ejército, hecho cuyo conocimiento sorprenderá a usted, sin duda, porque se ha hecho empeño en ocultarlo aunque el Presidente me lo acredite en su correspondencia privada”(91). 
Buscando su colocación ante la historia, Urquiza deformaba los hechos y hasta se atribuía el profético papel de haber vaticinado que la guerra sería difícil y larga. No hobía tal, sino exactamente lo contrario; pues en la proclama que lanzó inmediatamente de ser investido por Mitre de la comandancia en jefe las fuerzas entrerrianas, anunciaba: “¡Compañeros! Marcho a ponerme a vuestro frente. 
La Nación entera está de pie, No tardará en rechazar con brío la torpeza de la afrenta. Una breve campaña, un robusto esfuerzo y grande inmarcesible será la gloria”. Plagiando la fanfarronerpia de Mitre, prevería un paseo militar y una gloria inmarcesible. Los penosos equilibrios del viejo y gastado caudillo federal, que tanta gloria había acumulado en los tiempos en que permanecía fiel a la Confederación Argentina, nos ofrecen una estampa triste de los últimos años de su vida. Uno a uno los caudillos del federalismo en tierra adentro, fueron recurriendo a su persona y quedaron varados en la estacada. Urquiza los abandonó sistemáticamente, los incitó a la acción para desautorizarlos luego, y contempló con indiferencia la muerte, la proscripción o el ensañamiento de que fueron siendo víctimas. 

El general Peñaloza era un ejemplo vivo de esta insensibilidad de roca inmutable, con que lo vio morir, y apenas se sobresaltó cuando resonaron las palabras del inmortal Hernández: “El general Urquiza vive aún, y el general Urquiza tiene también que pagar su cuota de sangre a la ferocidad unitaria, tiene también que carer bajo el puñal de los asesinos unitarios”(93). Aliento de profecía había en este vaticinio del autor del Martín Fierro. Su publicación se hizo en julio de 1869. Urquiza se creía lavado de viejas afrentas, gracias a su dócil sometimiento a las directivas que impartía Buenos Aires. Pero los unitarios, como los llamaba Hernández, llevaban sus odios hasta la tumba. El caudillo entrerriano seguía siendo para ellos, en esas vísperas de su asesinato, el gaucho feroz y la encarnación de la barbarie. La soberbia del iluminismo porteño no podía conciliarse con al ignorancia de las masas rústicas de la s campañas, de las que Urquiza, a desecho de si mismo, seguia siendo emblema y representación. Justamente por esos días, los sectores más recalcitrantes del mitrismo, que se agrupaban alrededor de la Imprenta Americana, editaron el libreo del coronel Thompson, en el que este autor decía: “Urquiza es e jefe de un fuerte partido político en la República, y sobre todo en Buenos Aires”(94). Esta errónea ubicación del caudillo entrerriano indignó a los dueños de las luces porteñas, que osaron ponerle la siguiente acotación la pie de página: “El general Urquiza, no tiene en Buenos Aires el gran partido que le atribuye el autor. 
La provincia más adelantada de la República, y que tantos esfuerzos ha hecho por combatir la política del caudillaje representado por él, no merece semejante acusación. Urquiza saca su fuerza de las masas bárbaras que en el interior de la República obedecen a los Sáa y los Varela. Conocida su historia, sus antecedentes y el color político que representa, la generalidad de sus partidarios tiene que estar necesariamente en razón inversa del adelanto político de los pueblos”(95).¡Horrible ingratitud! Urquiza traicionó a sus amigos para servir a Mitre, pero Mitre abominaba de Urquiza para no traicionar a sus amigos. De los dos, Mitre e sentía más comprometido y era, por lo tanto, mas leal. Todo esto acontecía cuando Urquiza había coronado su política de conversión, durante el período en que se debatía en la República el problema de las candidaturas. Mitre ponía todo el peso (diciendo que no lo ponía) al servicio de la candidatura presidencial de Elizalde. Otros grupos liberales, separados por una mera cuestión de campanillas apoyaban a Sarmiento. Los gobiernos federales levantaron una vez más la candidatura de Urquiza. Era una candidatura desteñida, después de tantas defecciones , pero no había otra personalidad nacional que pudiera sustituirla. Era una fatalidad de los tiempos no poder prescindir de ella. La situación de Corrientes respondía al partido federal cuyo gobernador don Evaristo López, apoyaba la candidatura de Urquiza, a pesar de que”tiene cartas del Gral. Mitre – le informaba a Urquiza su hijo José Carmelo – donde le pide no le preste su influencia a favor de Ud. en la cuestión presidencia: que se perdería si lo hacía”(96) La prescindencia de Mitre y la despampanante carta de Tuyú-Cué, se van con esto por el suelo: pero el liberalismo no se pierde en estas contradicciones,, porque sus argumentos de autoridad constituyen la única fuente de la historia. La situación de Corriente era sostenida por el general Nicanor Cáceres, el mismo que en 1863 alistó 600 hombres ara apoyar la revolución de Flores, y que al estallar la guerra con el Paraguay fue el primer comandante en jefe de las fuerzas de caballería correntinas. Era buen amigo de Urquiza y en esta cuadrera política se jugaba toda su plata al caballo del entrerriano. El partido liberal porteño estaba dispuesto a suprimir ese bastión de una “candidatura reaccionaria” (como había calificado Mitre a la de Urquiza) y volcar la situación a favor del caballo del comisario. Infiltró en la provincia elementos sediciosos y armas; el 27 de mayo se produjo el alzamiento, tomando prisionero al gobernador López e instalando un gobierno revolucionario de corte mitrista y liberal. El general Cáceres, con las tropas leales, se recostó hacia la provincia de Entre Ríos y desconoció el poder de facto establecido por los revolucionarios. El gobierno central, invocando la situación de guerra civil en que e encontraba la provincia, envió al coronel Emilio Mitre, a bordo del barco de guerra Pavón, con 2.000 hombres y seis piezas de artillería. Desembarcaron en Goya, el 12 de julio. El 31 se libró el combate de Arroyo Basualdo. La fuerzas federales, al mando de los generales Cáceres y López Jordán derrotaron a las insurrectas comandadas por los coroneles mitristas Reguera y Ocampo. Entonces el comisionado nacional juzgó prudente intervenir para promover un arreglo pactado, haciendo participar al general Urquiza en las negociaciones. La primer exigencia fue que se retirara del servicio activo al general Cáceres; Urquiza accedió a este requerimiento.La estupefacción de Cáceres no pudo haber sino haber sido tremenda. También la del gobernador López cuando recibió una carta en que Urquiza le decía que el gobierno nacional tenía toda la razón de su parte. A su hijo José Carmelo le escribió: “con fecha de ayer le he pasado una nota al Gral. López para que observe la más estricta neutralidad, escribiéndole al él y vos y al coronel Martínez cartas particulares en ese sentido porque la provincia de Entre Ríos no puede ni debe mezclarse en una cuestión que el Gobierno Nacional está en el terreno de su derecho, merced a los explotadores y politicones que como ya he dicho, por desgracia abundan”(97) Esos “explotadores o politicones” a los que el a los que el gobierno nacional quería extirpar eran los que sostenían la candidatura de Urquiza; y Urquiza le cedía al gobierno nacional la primacía y el derecho de aplastarlos. Así traicionó Urquiza una vez más a sus amigos federales. 
Y, como en el caso del Paraguay, puso se espada en contra de aquello mismo que había prometido sostener. Sarmiento, vencedor de su candidatura asumió la presidencia de la República y envió a su ministro Vélez Sársfield a Entre Ríos, para tramitar una fórmula de arreglo para la situación de Corrientes, Reunidos Urquiza y el comisionado nacional, en Concordia, se dio al pleito la solución que convenía al partido liberal porteño. 
El coronel Mitre le informaba al gene ral Gelly y Obes: “Debo decirle que según me lo manifiestan el presidente y el doctor Vélez Sarsfield, la mente del Gobierno Nacional es dejar en pie el partido liberal en Corrientes, haciendo que su actual gobierno (el revolucionario) sea el que presida las próximas elecciones de electores de Gobernador…Urquiza ha puesto el hombro para sostener el arreglo hecho, contribuyendo poderosamente a resultado obtenido”(98) Urquiza puso el hombro para apuntalar el edificio del enemigo; como lo venía haciendo desde Pavón. Esta vez la suerte le tocó al leal soldado federal Evaristo López, cuya cabeza Urquiza se la brindaba a Sarmiento. 
Acaso para compensarlo de la que no alcanzo a conquistar en 1861 cuando lo aconsejaba a Mitre: “No deje cicatrizar la herida de Pavón; Urquiza debe desaparecer de la escena cueste lo que cueste: Southampton o la horca”(99). Los hechos y documentos transcriptos son al historia viva de un período de nuestra luchas civiles, en que la divisa de la dignidad nacional de los derechos de los pueblos y de la buena convivencia americana, fue vencida, más por la mano de la traición que por la espada del enemigo. La guerra del Paraguay fue un episodio – el más dramático y grandioso – de esas luchas civiles, en las que se definía la dimensión y profundidad de nuestro destino. El general Urquiza tuvo la representación y la confianza de las fuerzas que aspiraban a edificar ese destino con materiales, instituciones y cultura autónomas y originales. Fue inferior a la elevada jerarquía que los acontecimientos le asignaban. Su defección torció el curso de la historia...
 (1) Sagarna, El hombre del pronunciamiento, de la liberación y de la organización. 
(2) Urquiza a Joaquín Madariaga: 6 de diciembre de 1846. El Paraguay Independiente, II, pág.414.Ed.de 1858 . 
(3) Tratado Derqui-Varela. Archivo Diplomático del Paraguay. Asunción. I, p.45-48 
(4) Art. 7° del tratado. 
(5) Carlos Antonio López. Mensaje al Congreso. 14 de marzo de 1854.
 (6) Urquiza a Pujol. 8 de agosto de 1853. Archivo Pujol. Recopilado por J.N.Pujol. 
(7) Decoud a López. Parná, 13 de enero de 1855. Biblioteca Nacional de Río de Janeiro. (B.N.R.J.) Colec.R.B. I-29, 30, 17, n°6. 
(8) Egusquiza a Falcón. Paraná, 3 de abril de 1855. (B.N.R.J.) Colec.R.B. I-29, 30, 18, n°3.
 (9) Cfr. Sánchez Quell, La diplomacia paraguaya de Mayo a Cerro-Corá, pag.91. Kraft.colec.Cúpula. 3° ed. 
(10) Ibidem. Pág.95 
(11) Ibidem. Pág.93
(12) Tratado Guido-Vásquez; 29 de julio de 1856. El Semanario, n° 158, 8 de noviembre de 1856. 
(13) Decoud a López. Buenos Aires, 5 de diciembre de 1857. original en la B.N.R.J, Colección R.B, y -30,23,11 
(14) Convención Fluvial con el Imperio del Brasil. Paraná, 20 de noviembre de 1857. tratados, convenciones, protocolos, actas y acuerdos internacionales de la republica argentina, 11 volú- menes. Publicación oficial, Buenos Aires, 11-12 2,p.439-53 
(15) Paranhos a Urquiza. Paraná. Enero de 1858. AGNA. Urquiza, leg. 57
 (16) El Semanario, n°192 
(17) La República – n° 872 Buenos Aires, 21 de diciembre de 1869 
(18) Silva, Carlos Alberto: La política internacional de la nación Argentina Impr. De la cámara de diputados diciembre de 1946, página 315
 (19) Vázquez a de la Peña. Asunción, 29 de julio de 1859. ANA. vol 84 n° 1 B
 (20) Quinta carta a Mitre. La Nación Argentina, 18 de diciembre de 1869, polémicas de la triple alianza, pág 132 (páginas históricas: polémicas de la trple alianza. Correspondencia cambiada entre el general Mitre y el Doctor Juan Carlos Gómez, con una introducción del doctor Jacob Larrain, impr. Lit. inc. La mañana. La plata. 1897) 
(21) Antecedentes relativos al pacto de la unión Nacional del 11 de noviembre de 1859. Buenos Aires 1940. pág. 224 
(22) Mitre a Frías. Cuartel general de arroyo dulce. 4 de septiembre de 1861. Frías Félix, la gloria del tirano Rosas y otros escritos polémicos. Prologo de Domingo Faustino Sarmiento WM Jackson, inc.; grandes escritores argentinos – 39. Buenos Aires. 
(23) Berro, Aureleno G.: Bernardo P Berro. Vida pública y privada. Tomo II de 1860 a 1864. la diplomacia. La guerra. Las finanzas. Impr. De el Siglo ilustrado. Montevideo, 1921. 
(24) La Nación Argentin; ,27 de octubre de 1863
 (25) Proclama del coronel Waldino Urquiza; 15 de septiembre de 1863 rpr La Nación Argentina, 1863 (26) La Nación Argentina, 3 de noviembre de 1863. 
(27) La Nación Argentina, 18 de agosto de 1863
 (28) La tribuna. 31 de mayo de 1863
 (29) Bustamante, José Luis: Memorias sobre la revolución del 11 de septiembre de 1852 impr del Comercio. Buenos Aires, 1853 
(30) Sarmiento. D.F Cmpaña en el ejército Grande. 2 volúmenes. Tomo II pág 114
 (31) Julio Victorica, Reminiscencias Históricas. En revista de Derecho Historia y Letras VI, Buenos Aires 1910
(32) Ereño a Urquiza. Uruguay, 31 de agosto de 1864. AGNA, Archivo Urquiza, legajo 28. (33) Calderón Luis B: Urquiza, Buenos Aires 1949.
 (34) Irazusta Julio, Urquiza y el pronunciamiento. Pág. 120 edit La Voz del Plata. Buenos Aires 1953.
 (35) Carcano Ramón, Guerra del Paraguay, Acción y Reacción de la triple alianza, viau y cía. Buenos Aires 1941, pág. 125. 
(36) Lamas a Castellanos. Buenos Aires, 29 de agosto 1864, AGNU caja 92, 16. 
(37) Ramón Carcano. Op. Cit. I página 131-53.
 (38) L fecha que indica Carcano está, evidentemente, equivocada, a tenor de la correspondencia transcripta fechada en julio y agosto de 1853. la observación la hace Cardoso, vísperas de la guerra, notas al pie de página 125 Cardoso Efraín, editorial el Ateneo 1954. (39) Carcano op. Cit, I pp. 131-32. (40) íbidem, I, pp, 132-33.
 (41) Cardoso op cit. Nota al pie de la pagina 126. 
(42) AGNA archivo Urquiza Legajo 132.
 (43) Cárcano op cit I pp, 133-33. 
(44) Cardoso, op cit. pp 125,30.
 (45) Ibídem pag 129.
 (46) Ibídem pag 129. 
(47) Berges a Egusquiza. Asunción, 6 de Agosto de 1863 REBAUDI, A: La declaración de guerra de La República del Paraguay a La República Argentina. Misión mis caminos. Misión Cipriano Ayala. Declaración de Isidro Ayala. Serantes Hnos. impresores. Bs. As. 1984 Pag 87. 
(48) Ibidem; 6 de septiembre 1863. Ib., Pág. 88.
 (49) Ibidem; 21 de noviembre de 1863. Ib., Pág. 93. 
(50) Egusquiza a Berges. Buenos Aires, 17 de agosto de 1863. Cardozo, op. Cit., Pág. 137, con indicación de inédita. 
(51) Caminos a Berges., 4 de marzo de 1864. Arch. del M.R.E.P. 
(52) Brito del Pino a Herrera. Asunción, 21 de enero de 1864. Herrera, Luis Alberto de: La clausura de los ríos, t.IV pp. 450-52 Montevideo, 1920. 
(53) Brizuela a Berges. Montevideo, 15 de octubre de 1864. Original en la B.N.R.J., colec R.B., I-29, 32, 5. 
(54) Berges a López. Asunción, 10 de noviembre de 1864. ib., I-30, 13, 46.
(55) Papeles de López, pp. 144-62. Laserre. Impr. Americana, Buenos Aires, 1871. 
(56) Alberdi, Escritos póstumos-IX, Pág. 420. La República Argentina 37 años después de la Revolución de Mayo (Valparaíso)
 (57) Urquiza a Mitre. San José, 8 de febrero de 1865. Archivo del General Mitre, II, pp. 99-100. Biblioteca de la Nación. Buenos Aires, 1911-14. 
(58) Rojas a Berges. Corrientes, 24 de enero de 1865. Original en B.N.R.J., colec. R.B., I-30, 3, 31.
 (59) Victorica, Urquiza y Mitre, Pág. 481. Contribución al estudio de la Organización Nacional. J. Lajouane y Cia. Buenos Aires 1906. 
(60) Benítez Gregorio. Anales diplomático y militar de la guerra del Paraguay. Pág. 138. Muñoz Hnos. Asunción 1906. 
(61) Alberdi, Juan Bautista: Los intereses argentinos en la guerra del Paraguay con el Brasil. Cartas dirigidas a sus amigos y compatriotas. Impr. Simón Racon y comp. París 1865. 
(62) Pereyra Carlos., Francisco Solano López y la guerra del Paraguay. Pág. 29. Editorial Americana., Biblioteca de la juventud hispano-americana. Madrid, 1919. 
(63) Calógeras, Pandiá, Formacao histórica do Brasil. Pág. 277. Compañía Editora Nacional. Biblioteca Pedagógica Brasileira. San Pablo, 1945. 
(64) Ibidem, Pág. 282. 
(65) Caminos a Berges, Paraná, 25 de marzo de 1865. Rebauidi, La declaracion de la guerra de la República del Paraguay a la República Argentina. Pág. 271-72. 
(66) Thompson Jorge, La guerra del Paraguay, Pág. 29. Imprenta Americana, Buenos Aires, 1869. 
(67) Cunninghame Graham. Solano López, Retrato de un dictador, pág. 167 Edit. Interamericana, Buenos Aires, 1943. 
(68) Ibidem, pp. 168-69.
 (69) Mitre a Urquiza. Buenos Aires, 17 de abril de 1865. Archivo del General Mitre, t. II. pp. 112-13. Biblioteca de La Nación, Buenos Aires, 1911-14. 
(70) Urquiza a Mitre. Uruguay, 19 de abril de 1865. Ib., II, Pág. 114. (71) Ibidem.
 (72) Octaviano a Urquiza. Buenos Aires, 21 de abril de 1865. Archivo del General Mitre, II. Pág. 118. (73) Urquiza a Octaviano. 24 de abril de 1865. Ib., II. Pág. 118. 
(74) Paunero a Gelly y Obes; 29 de abril de 1865. Revista de la Biblioteca Nacional, Buenos Aires, XXI, n° 51.
(75) Del Gobernador Domínguez al P.E. Nacional. Paraná, 9 de mayo de 1865. Original en el Arch. de Entre Ríos, Paraná.
 (76) Instrucciones del 13 de junio de 1865. Recopilación de Leyes, Decretos y Acuerdos de la Provincia de Entre Ríos, 1821-1873. Concepción del Uruguay, 1876. 
(77) Gonzáles a Urquiza. San Pedro, Gualeguay, 19 de septiembre de 1865. Manuel E. Macchi, Urquiza y la Unidad Nacional.
 (78) Urquiza a Mitre. Trocitos, 7 de julio de 1865. Archivo Mitre, II Pág. 225. 
(79) Mitre a Gelly y Obes. Cuartel General, Concordia, 24 de julio de 1865. Ib., III, pp. 45-48.
 (80) Mitre a Urquiza. Sitio de Uruguayana, 12 de noviembre de 1865. “Reservada”. Ib., II, Pág. 240. 
(81) Ibidem. (82) Proclama de Urquiza; 21 de octubre de 1865. El Uruguay, año X, N° 1928, Concepción del Uruguay, 26 de octubre de 1865. 
(83) Urquiza a López Jordán; 8 de diciembre de 1865. Archivo López Jordán-Vásquez, Paraná. 
(84) Ib, 7 de diciembre de 1865. Ib.
 (85) Urquiza a Mitre. San José, 20 de diciembre de 1865. Archivo Mitre, II, Pág. 252. 
(86) Cárcano, Ramón J. Guerra del Paraguay, orígenes y causas, Pág. 239-240. Editores, Domingo Viau y Cia. Buenos Aires, 1929. 
(87) Mitre a Urquiza. Cuartel General Yataytí, 4 de octubre de 1866. Archivo Mitre, II, Pág. 269.
 (88) Cárcano, Ramón J. Guerra del Paraguay, orígenes y causas, Pág. 240. Editores, Domingo Viau y Cia. Buenos Aires, 1929. 
(89) Urquiza a Elizalde; 13 de noviembre de 1866. AGNA, Archivo Urquiza.
 (90) Reproducido por Natalicio Talavera, correspondencia de guerra. Campamento de Paso Pucú, 13 de noviembre de 1867. El semanario, n° 674.
 (91) Urquiza al Dr. Salustiano Zabalía; 11 de febrero de 1868. AGNA, Archivo Urquiza, borradores. 
(92) Proclama del Capitán General, Comandante en Jefe de las fuerzas entrerrianas, General Don Justo J. de Urquiza; 21 de abril de 1865. Beatriz Bosch, Presencia de Urquiza. Pág. 212. Edit. Raigal; Biblioteca Juan María Gutiérrez. Buenos Aires, 1942.
 (93) José Hernández, artículo en La Capital, Rosario, 4 de julio de 1869.
 (94) Thompson Jorge. Pág. 29. La guerra del Paraguay. Imprenta Americana, Buenos Aires 1869.
 (95) Ibidem. Nota de los editores al pie de la página 29.
(96) José Carmelo Urquiza a su padre; 8 de septiembre de 1868. AGNA, Archivo Urquiza, legajo 159. 
(97) Urquiza a su hijo José Carmelo; 4 de octubre de 1868. Ib. 
(98) Del Coronel Mitre al General Gelly y Obes; 31 de octubre de 1868. Revista de la Biblioteca Nacional, Buenos Aires, XXII, n° 53. (99) Sarmiento a Mitre; 20 de septiembre de 1861. Archivo Mitre, IX, pp. 360-63.

ATILIO GARCÍA MELLID, Proceso a los falsificadores de la Historia del Paraguay.Imprenta López, Perú 666, Buenos Aires, 20 de enero de 1964